1. Una teoría sobre las convicciones.



Hace aproximadamente quince años quise escribir un libro llamado "Contra las instituciones liberales" cuya ambición era la de refutar todos los fundamentos de la doctrina liberal, empezando por la democracia. Una parte de mí ingenuamente quería refundar el mundo a través de cuestionar los conceptos del Estado y la comunidad, pero quizá mi mayor acto de inocencia era la de reescribir a través de la confrontación y a través de la pura dialéctica mis propias y más íntimas convicciones. ¿El motivo? Estaba profundamente interesado en diferenciar aquello en lo que creo frente a aquello en lo que fui educado. Hume, la masonería y los valores de la revolución francesa fueron desde siempre mis valores fundacionales propios y los valores con los que, de adolescente, creí dar mis primeros pasos para pensar por mí mismo.

¿En qué momento un adolescente campesino católico de familia conservadora para quien la voz de su abuela era la voz de Dios decidió alejarse tanto del catolicismo como de la fe? Dentro de la diminuta mente de ese adolescente engreído y lleno de curiosidad, hay una parte de su ego que ya ha sido formada por la religión, por la doctrina católica, una teogonía y una cosmovisión interna de la que en realidad no podrá deshacerse nunca. La religión formó su cerebro y los relatos religiosos crearon un molde que él llamó su identidad. Esa teogonía se transformará con nuevos relatos, pero su estructura es permanente. Un día me transformo en un adolescente y me surge la necesidad de independencia y como no puedo hacerlo de facto por motivos económicos, refugio mi identidad en la independencia filosófica. Gracias al club de lectura del colegio Nacional de Pitalito llega a mí una copia de la novela "El ocho" de Katherine Neville. La trama del libro entrecruza detalles tanto históricos como de conspiraciones, apareció para mí por primera vez la palabra masonería y también los valores de Robespierre, Dalton y Camille Desmoulins que termino adoptando como propios. Leo sobre liberalismo, sobre economía y política y me creo liberal, e incluso hago amistad con varios miembros de la masonería. En el relato de la revolución francesa, el trágico martirio de aquellos que aun sabiéndose muertos ejecutan una revolución que no solo matará a sus amigos, sino que también acabará con ellos mismos y con sus familias me conmueve. Desmoulins se convierte en mi nuevo Santo Domingo sabio. Entre la alabanza materna a los santos mártires y la muerte de Robespierre o de Dalton, hay una secuencia sistémica que se vuelve laica pero que emocionalmente es inmutable; el chico de doce años sigue creyendo al igual que su abuela en los mártires, pero el discurso del martirio ahora es otro.

Hay un término freudiano que la psiquiatría moderna desestima pero que a mí me resulta fundacional y es el Thanatos o pulsión de muerte. Al Álvarez dice sobre la pulsión suicida del cristianismo:

 "Tal vez fue por esto que la histeria religiosa de los primeros cristianos asimiló tan fácilmente el ideal estoico de la serenidad. El suicidio racional era una especie de corolario aristocrático al apetito vulgar de sangre. El cristianismo, que empezó como religión para los pobres y rechazados, se hizo cargo de ese apetito, lo combinó con el hábito del suicidio y los proyectó en el deseo de martirio. Los romanos podían arrojar a los cristianos a los leones para divertirse, pero no estaban preparados para que los cristianos recibieran a los animales como instrumentos de gloria y salvación. «Dejadme gozar de estas fieras», dijo Ignacio, «a quienes desearía mucho más crueles de lo que son; y si no me atacan, las provocaré y atraeré por la fuerza». La persecución de los primeros cristianos fue menos un hecho religioso y político que una perversión de su propia búsqueda. Para los refinados magistrados romanos, la obstinación de los cristianos era sobre todo un motivo de vergüenza; como cuando se negaban a hacer los gestos de fórmula hacia la religión oficial que les salvaría la vida o, una vez condenados, cuando se rehusaban a disponer entre juicio y ejecución de un lapso conveniente para escaparse. La vergüenza se volvía irritación cuando los presuntos mártires, pioneros en tácticas revolucionarias, respondían a la clemencia con la provocación. Y culminaba en tedio. Cierto procónsul africano, rodeado por una turba cristiana que pedía el martirio a ladridos, gritó: «Colgaos y ahorcaros vosotros solos y dejad al magistrado en paz». Otros, no menos hartos, no lo soportaban tan bien. La gloriosa compañía de los mártires llegó a acoger a miles de hombres, mujeres y niños que fueron decapitados, quemados vivos, arrojados a precipicios, asados en parrillas o descuartizados, todos más o menos gratuitamente, por voluntad propia, siempre a modo de provocación. El martirio fue tanto una represalia de Roma como una creación cristiana"

 El culto al martirio del cristianismo, más que una estrategia fallida de regulación libidinal es una expresión de la pulsión de muerte, que tanto el liberalismo como la izquierda heredaron. Amamos a los mártires porque nos sirven como relatos políticos. Desde allí, la pulsión de muerte es un síntoma religioso que se volvió político e implica el sacrificio de algo para generar un mundo nuevo.  El martirio yihadista a cristiano se sale de los esquemas de la psiquiatría moderna. ¿Por qué se suicidan los mártires? ¿Por qué la gente puede renunciar a la vida desde perspectivas religiosas o políticas si nuestros genes nos atan con desesperación a la vida?

La pulsión de muerte es una patología política de dos dimensiones; hay quienes aceptan morir y quienes aceptan matar pensando en una dimensión idealizada del mundo. Entre más idealizado el mundo más legítimo se asume la pulsión de muerte. La pulsión de muerte es una enfermedad cultural que heredamos a nuestros hijos como parte del pacto patriarcal y proviene de la coherencia interna del varón como animal público que controla y es responsable de un espacio privado, porque debe merecerse un hogar, debe demostrarse ser digno de un espacio y de un lugar en la polis. Algunas tendencias dentro del feminismo académico han omitido en su crítica cultural esto, que es la retribución masculina al cuidado femenino implícita en el patriarcado. En Helen Fisher y Carole Pateman, ambas autoras individualmente de libros llamados “El contrato sexual” donde se trabaja muy bien el costo femenino de la diferenciación sexual en la economía doméstica, no encontré ninguna mención al martirio como eje del papel masculino en las sociedades tradicionales. Reprochamos la guerra pero no la instrumentalización del varón como herramienta. El pacto patriarcal que creó el organelo llamado familia y que le atribuyó a las mujeres la maternidad y a los hombres la guerra, necesita del martirio para validar al ciudadano, al ente masculino instrumentalizado cuyo papel depende de su función militar como herramienta, es decir, del soldado como relato fundacional de lo masculino. Los hombres que mueren por sus aldeas, por sus reinos o naciones, se validan dentro de la comunidad y validan la masculinidad convertida en arquetipo. Tal vez este rol ha persistido al feminismo porque no queremos cuestionarlo, no hay ninguna crisis a su alrededor, nadie desea simpatizar con los desertores y los cobardes y todos estamos de acuerdo en que el rol donde el hombre debe sacrificarse para validarse funciona. Los hombres también son un recurso, uno fácilmente prescindible. Por tanto, el mismísimo arquetipo en la mente de los hombres jóvenes hoy parece una transacción fraudulenta, cosa que los arroja a los brazos de las promesas reaccionarias; el pacto patriarcal todavía les susurra el martirio para la simetría del reconocimiento, para darse a sí mismos significado, la ideología sin el guerrero, sin el mártir pareciera desvanecerse. Es absolutamente natural que se entreguen de muy buena gana a discursos anacrónicos que les ofrecen la posibilidad de seguir cumpliendo un rol en el mundo.

Nuestra pretensión de romper el pacto patriarcal, por lo tanto, está incompleta.

El sometimiento femenino a lo privado para darle sostenibilidad cotidiana a la comunidad y la externalización de la violencia a través de la guerra le ha funcionado a las sociedades occidentales miles de años. Sin embargo, en el martirio religioso no solo aparecen los hombres sino también las mujeres, incluso los niños. A través de los relatos, el pacto patriarcal creó un sistema de validación simbólica alrededor del mártir que incluso sedujo a las mujeres. Los mártires, después de todo, crean mitos, y los mitos convicciones; todos desearíamos morir con tal de convertirnos en leyendas.

Cuando me deshago de los mártires y sus confusiones existenciales, ¿En qué creo? ¿En qué creo cuando dejo a un lado los relatos mesiánicos, los mártires ideológicos o religiosos? Me encantan los héroes, pero ciertamente me conmueven con muchísima facilidad y debería desconfiar de sus relatos adyacentes. En la muerte del pacto patriarcal, los hombres deberíamos olvidarnos de la muerte como justificación de nuestro legado y sobre todo como eje de nuestra construcción ideológica. ¿Sospechamos lo suficiente de sus relatos? ¿Estamos realmente de acuerdo con la utopía que nos susurran?

El liberalismo todavía me seduce, pero lo entiendo como un espejo deforme de mi rostro. La belleza de mi libertad individual no es otra cosa que mi propio narcisismo. El liberalismo es la puerta de mi casa y ese es el límite que quisiera darle, y por ahora, pareciera indemne. En otras palabras, es un camino sin salida, pero como confiamos en sus estructuras y parecieran funcionar, las instituciones parecieran seguir en pie. Sin embargo, el germen estructural pareciera enfermo, pues implica validar los aspectos de la realidad que más me molestan, las instituciones traen, así no lo deseen, implícito a Maquiavelo, y por ahora evitaremos la validación de la deshumanización de un sistema que necesita de la muerte para funcionar. Desconfiemos de todo, incluso de esta autopsia; permitámosle a thanatos ser tanto causa como metáfora, pero definamos sus límites; la pulsión de muerte desde ahora será la trasformación del individuo en relato fundacional de un discurso político, es decir, siguiendo el concepto de Dawkins del gen cultural—el meme—el martirio es la forma en la que heredamos nuestro espíritu al colectivo a través del relato.

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