La muerte del laicismo es misteriosa, pero su fatalidad resulta desesperanzadora y demasiado evidente cuando el mundo está sumido en una confrontación militar plagada de relatos religiosos ¿Quién provocó la muerte del laicismo? ¿Cuál es su objetivo? Tal vez Nietzsche confundió el cadáver de Dios con alguna otra cosa y en realidad, para alguien como Dios no es posible el alivio de la muerte. Después de todo ¿Cómo pueden revivir los dioses? ¿Dios murió alguna vez? ¿Cuál es la relación de Dios y los héroes que mueren? ¿Dios es alguno de ellos? ¿No será que Dios solo puede conocer la muerte a través del martirio de un tercero, al que por convención decidimos llamar héroe?
Dejemos a un lado la deshonestidad pragmática del relato religioso en la política. En el fondo, sabemos que los líderes occidentales realmente no creen en lo que dicen. Pero incluso esa deshonestidad posee trasfondos teológicos. Me he puesto en la palestra como autor en el capitulo anterior explicando el proceso de variaciones de mi propia fe; Nietzsche en su momento también fue un joven creyente con el que me identifiqué profundamente, pero su desencanto religioso, los motivos por los que declaró la muerte de Dios hoy podrían resultarnos pueriles. La muerte de Dios en el siglo XIX hoy parece un acto de inocencia rebelde. Los mártires y los héroes están misteriosamente conectados a través del vinculo que nos ofrecen con la muerte. Quizás no exista un mártir más seductor que el mismo Nietzsche, pues el proceso de su locura, más que consecuencia de la sífilis, pareciera hijo de una revelación espiritual. Esa sensación, ese abismo de caída es irreductiblemente seductor.
Para entender emocionalmente la rebelión de Nietzsche hay que nacer cristiano y tener los pies sumergidos en la fe. Ser también ese niño que a los catorce años escribió en su Diario “He vivido ya muchas cosas, alegres y tristes, agradables y desagradables, pero sé que en todas ellas Dios me ha guiado con la misma seguridad que un padre a su tierno hijito. Aunque me haya impuesto mucho sufrimiento, reconozco con veneración su poder y su majestad sobre todas las cosas. He tomado la firme determinación de dedicarme para siempre a su servicio” y además, sentirse, frente al dolor, frente a la tragedia y frente a la muerte de un ser querido, abandonado y solo, con un cielo vacío e indiferente donde la desesperación humana no encuentra consuelo. El ateísmo cristiano pasa forzosamente por esta rebeldía adolescente, por esta etapa de melancolía del huérfano; cada cristiano es en sí un pequeño profeta acompañado permanentemente por Dios, y cuando Dios se ausenta momentáneamente ese cristiano, ese pequeño testigo protegido por el azar, semejante a un polluelo que debe cazar la comida por sí mismo por primera vez, se descubre inminente sobre el mundo, solo, abandonado.
Sería fácil concluir la aventura religiosa de la humanidad aquí. Dios como metáfora de la paternidad, pero aunque la religiosidad de una gran parte de la humanidad se sacia con esta metáfora, Nietzsche no fue tan simple ni tan limitado. Dios en realidad era una brújula que dejó al mundo sin rumbo. Dios es para un artista un sentido estético y un sentido moral. Sabiamente, más que oponerse al sentido lógico de un creador, de una causa primera, peleó con el Logos Spermatikos de Justino y clemente de Alejandría. El anti-logos nietzscheano fue la metafísica de un mundo de las ideas, de un mundo opuesto al nuestro que nos sirva de alivio; No; Platón se equivoca, solo es posible un mundo, todo lo demás, en la praxis, nos es filosóficamente indiferente.
Contrastemos entonces al habitante del siglo XXI con uno del siglo XIX; al habitante del siglo XIX lo emociona profundamente el avance científico, en los países del primer mundo estudia física y taxonomía con una fascinación espiritual que incluso logra conmoverlo. La naturaleza no es solo un regalo de dios, no es solo un terreno de estudio, es una consecuencia del raciocinio humano. Su ciencia y su técnica comparadas con la nuestra parecen infantil, pero nosotros hace mucho abandonamos genuinamente esa inocencia; el habitante del silgo XIX asume una teogonía de causas y efectos casi terminada e incluso, casi precursor de Fukuyama, habría podido concluir que el Zeitgeist se ha encontrado a sí mismo. No hay vértigos en la física, en la biología o en la medicina, solo quedan minucias técnicas que podrían encontrar explicaciones simples; un hombre instruido puede dar una respuesta casi certera sobre cualquier misterio que surja en una conversación. Los cuartos oscuros en la enciclopedia parecen estar a punto de desaparecer, él no espera las revoluciones científicas ni las preguntas que torturan a los científicos y filósofos de nuestra época. El padre de Borges le dijo a su hijo alguna vez “Mira bien los soldados, en los uniformes, en los cuarteles, en las banderas, en las iglesias, en los sacerdotes y en las carnicerías, ya que todo eso va a desaparecer y algún día podría contarle a mis hijos que había visto esas cosas” Esta frase —Borges lo sabía muy bien— resume a la perfección el optimismo lógico del siglo XIX. Esta fue la ingenuidad que mató a Dios. La muerte de Dios fue un acto de ingenuidad positivista.
Desde luego que Nietzsche solo la advertía, pero en perspectiva sabemos que esta no es una rebelión espiritual, sino dogmática. Los seres humanos no se rebelaron contra Dios, no se rebelaron contra los héroes, solamente los remplazaron. Limitemos su rebelión a oponerse al dogma escolar que los convirtió en cristianos, pero su relación con la fe y con la deidad era tan profunda que todavía conducía sus acciones muy por debajo de los verdaderos hilos dentro de sus discursos. En la gran revolución atea de los bolcheviques, el mártir sigue siendo el conducto predilecto de la ideología. La pulsión de muerte lleva a los héroes a la guerra y el soldado, al morir, justifica su función en el cosmos. Los hombres siguen entendiéndose en el mundo a través del sacrificio.
Dios no es hoy el epicentro del control disciplinario de las escuelas, y tal vez ese sea el límite del éxito del laicismo del siglo XIX. Pero donde no hay un margen para la fe estructurada existe la religión civil. La relación teleológica y emocional con el creador no ha sido superada, y posiblemente no exista forma de amputarle los arquetipos míticos vinculados a Dios a la consciencia humana. Es esta relación, que se establece como necesidad identitaria tanto de los individuos como de los pueblos, la que alimenta a las ideologías.
Si bien los escritores no tienen mucho que ver con las guerras, sabemos que uno de los campos de batalla lo establecen los relatos. Alguien gana cuando nos establece, a través del discurso, una posición en el mundo y cuando aceptamos el relato que nos ofrece sobre su lugar en el mundo. En ello la ideología y la religión son indistinguibles, pero sospecho que este tampoco es el verdadero rostro de Dios. Desgraciadamente, nuestro vinculo emocional con él es tan poderoso que no podemos hacer lo mismo que hizo Nietzsche sin destruirnos a nosotros mismos.
Tal vez nuestra única esperanza entonces sea desenmascararlo. Dios no está en los relatos. Pero si quisiera—y al menos, pudiera—profundizar en esta idea, en esta, digamos, perplejidad, inevitablemente terminaría construyendo otro relato más para la guerra dialéctica del sinsentido. Los orientales seguramente entendieron esto mucho antes que cualquier creyente occidental. Dogmatizar sobre fe es lo que menos quiero. Tampoco quiero establecer alguna relación con un Dios de la individualidad o banalizar la relación colectiva con la fe, predicar en nombre de un Dios mistérico del lenguaje semejante al Dios cabalístico judío. No quiero que le pongas un relato y un rostro a tu relación con el universo, sea de la naturaleza que quieras establecer, pero establezcamos una línea divisoria entre la fe en el dogma y la necesidad, digamos, espiritual, de darle un símbolo, un nombre, a todo lo que existe más allá de tu piel. Es espiritual porque necesitamos establecer un dialogo de significados con ese otro/universo que nos rodea, pues el lenguaje nos obliga, cuando nos determinamos como un algo, a separarnos de lo demás, del todo. ¿Existirán seres humanos que en su lenguaje no le han dado a ese otro una representación de dialogo? Si es así no imagino su lógica interior, tal vez sean afortunados. Los relatos son los que convierten a Dios en un fenómeno lingüístico en choque con otros, pues incluso aunque nos asuste, puede que no compartamos ese símbolo con otros y que nuestra relación con Dios sea única. Es válido el ateísmo contra el relato; aquella historia, aquel héroe y sus valores, no comulga verdaderamente con lo bueno que veo en el mundo, pero en el fondo todos los héroes se parecen. Creo que las religiones honestas, y los ejercicios genuinos de fe, tratan de romper lo que en un principio separó el lenguaje. Necesitábamos del lenguaje para establecer un yo y separarlo del universo, y luego surge la fe para consolar nuestra soledad, para romper esa separación y reencontrarnos en el sentido con el Todo.
Quitémosle a Dios a sus mártires y su justificación simbólica como causa primera. ¿Qué queda de él? Míralo a la cara. A lo mejor todos vemos lo mismo.
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