He estado pensando mucho en una frase de Goldmann «Los verdaderos autores de la creación cultural son los grupos sociales y no los individuos aislados» porque me resulta provocadora y mucho más interesante que la de Barthes y el tema de la muerte del autor, que ahonda —a mi parecer— en el solipsismo moderno. Desaparecer al autor es el último paso de una individualidad muy atada a la construcción política de la novela. La modernidad es, primero, hija de la literatura, y después de la técnica. Es el Quijote el padre de la modernidad, no Lutero, Newton o Descartes. Y digámoslo así; la modernidad y el individuo, el individualismo como hoy lo entendemos, depende por completo de la literatura.
Si el autor como fenómeno público ha salido de nuestro radar es porque hoy su rol lo cumple el influencer, que en contenido es mucho más inagotable. Nuestra relación sin embargo es relativamente semejante; estamos impregnados de una voz y una vida. Creemos en un relato desde una perspectiva única. Ese rol, antes del autor, pertenecía a la teología y el relato místico. La literatura fue la laicización del relato heroico-mesiánico.
Estoy tomando entonces, en mi argumentación en este libro, un camino aparentemente inverso al de Goldmann, pero esa disyuntiva es ilusoria. Todo el libro he hablado de relatos y de héroes, de ideologías escondidas en la narrativa; Goldmann llama a eso la infraestructura de la narrativa, vista desde las clases sociales. Lo que para Barthes es la denominación del lenguaje, para Goldmann es el contexto sociológico. Ambos minimizan la función del autor en cuanto simplemente parece un intermediario de estructuras que le superan.
Para uno de ellos la estructura superior es la distinción de clases, para el otro quien supera al autor es el lector. Yo creo que ambos se equivocan, en parte por optimismo metodológico. Podemos hablar de su error con la comodidad del medio siglo que nos distancia, de la creación y desaparición de cientos de miles de relatos nuevos, de propaganda y obsolescencia del discurso de la verdad. En la academia latinoamericana hay demasiadas voces que consideran ambas teorías una verdad revelada. En defensa de Goldmann, eso sería poco probable si la teoría viniera de autores latinoamericanos.
Si volvemos invisible al autor desaparecemos la ideología, y entonces nace la técnica. La técnica como epicentro de una ideología oculta. Me gusta imaginar a Barthes y la increíble exaltación que le causaría un modelo de lenguaje IA y lo maravilloso que le resultaría descubrir que la construcción sintáctica proviene de vastísimas bases de datos convertidas en probabilidades estadísticas. ¿Cómo reaccionaría cuando descubra que aquel sistema que encarna su tesis posee una ideología?
En realidad, no me interesa rescatar al autor, cuya muerte me parece cómoda. Solo me resulta peligroso que matando al autor escondemos su estructura desde Goldmann, es decir, sus intenciones ideológicas. Hablando de héroes y sus relatos que dominan nuestra interpretación política del mundo, confesaré que esta idea proviene mayoritariamente del trabajo crítico cultural de Zizek alrededor de “Batman, al caballero oscuro”, que creo, es de las piezas más interesantes de su trabajo divulgativo en internet. Pero existe una simplificación superior en un meme: un mismo hombre ve dos documentales diferentes, uno sobre las gacelas y otro sobre leones. La misma escena, la de un león devorando una gacela, tiene en el meme dos reacciones diferentes. Si el hombre ve un documental sobre leones, se alegra por su protagonista y celebra la captura de una presa. Pero si en cambio el documental es sobre gacelas, la escena será una tragedia con música dramática. El rol del lector frente al mensaje podría resultar pasivo. Quien toma la decisión estética y moral del trasfondo es un ser que realmente está invisible en todo lo que hemos hablado hasta ahora. El editor, que suele funcionar como el titiritero final detrás de la obra de teatro.
¿El editor será entonces el demiurgo original y el final boss que debe vencer la verdad? Sé que esa es una idea caricaturesca, pero nadie negará toda su influencia tanto cultural como política. Cuando en política hablamos de dominar el relato, se trata precisamente de tener el control de lo que se cuenta, la dirección del relato heroico que causará en las personas un vínculo emocional. Antes de la existencia de internet el control político del relato era fácil; apenas y era necesario un medio de comunicación o un autor, una lírica, un puñado de periódicos eran fácilmente manipulados por el poder político u económico. Con la aparición de la red nos aturde un poco la multitud de versiones y de voces, y parecemos obligados a volvernos más sofisticados a la hora de dar testimonio de nuestra visión del mundo, a tal punto que muchos preferirían callarse dejándole el relato libre a los algoritmos. El silencio parece el destino natural de nuestro pensamiento sobre lo colectivo, pero esa, estimado lector, es una salida fácil, y por tanto —créeme— engañosa. Hay demasiado ruido en el mundo, pero a lo mejor eso no implica que deberíamos callarnos. Así que desconfía de lo que te conmueve, pues muy probablemente lo político —lo colectivo— intentará usarlo en tu contra.
Y si el ruido domina el mundo, ¿dónde están los editores? ¿Quién hace curaduría del caos? Sin duda no podemos verlos a simple vista, pero podemos rastrear su relato mesiánico a través del colectivismo. Si determinamos que el editor demiúrgico es una persona real, de carne y hueso, que toma la vocería de lo males del mundo y juega con nuestra mente, caeríamos en una divertida teoría de la conspiración cartesiana. Así que por ahora hablemos de un editor etéreo e invisible. Por eso, hablar del colectivismo como una fantasía libertaria por ahora me resulta cómodo, y la usaremos en nuestro beneficio; por tanto, romperemos momentáneamente el contrato social y volveremos a ser individuos completamente libres. Débiles o fuertes, endémicos o exógenos, todos, sin distinción seremos físicamente fuertes, pues en este punto de individualidad suprema, la fuerza física es la única forma de poder esencial, pues incluso la riqueza es un convenio social al que necesitamos someter a otros para que sea aceptado.
Todo esto será especulación sociológica: en la prehistoria fue urgente el cuidado y la distribución de tareas de supervivencia. Lo colectivo hereda estructuras políticas desde la necesidad de sobrevivir, tal como lo hacen el resto de animales. El cuidado fue urgente porque nuestros hijos, debido al inmenso tamaño de su cerebro nacieron necesitando una estructura social que les proteja de depredadores o accidentes. Este primer estado, la tribu, necesita de una jerarquía aparentemente, incluso si simplemente distribuye la edad como eje de responsabilidad. Las fronteras entre lo público y lo privado aquí no tienen sentido. Los ancianos surgen como formadores gracias a su experiencia y al mismo tiempo ayudan al cuidado pues físicamente ya no pueden hacer mucho en otros campos con su fuerza física. Como moneda de cambio a su trabajo de mentoría, reciben comida y protección.
Es precisamente la supervivencia de los niños la que obliga a la estructura social a distribuirse responsabilidades. Los ancianos crean dos cosas para permitir la transmisión de la información útil; los relatos y las jerarquías. Los relatos tienen una función tribal del beneficio para el colectivo, pero también sitúan una estructura social fija que soporta esa supervivencia. Nacen los sacerdotes para una verdad revelada. Esa verdad sólo podía discutirse con una nueva religión, una nueva revelación sagrada que no proponía un nuevo orden sacerdotal, una nueva jerarquía y otro modo de supervivencia.
Nuestro editor invisible es entonces una secuencia de individuos, de sacerdotes, que han purificado un discurso con la práctica, un bien hacer que promueve el éxito de una tribu. Lo sagrado nos permite prosperar. Lo malvado nos condena al fracaso. La normalidad y exaltación del valor del individuo vienen de la funcionalidad a esa normalidad. Luego llega la modernidad, la locura, lo que significa que la visión periférica, el relato del desheredado obtiene una función pública, incluso si es solo para reírnos. Porque entre Erasmo y Cervantes, empezamos a escuchar al loco. Así apareció la literatura.
A esto Lukacs lo llama héroe problemático; un ser que responde a un mundo degradado detrás de lo absoluto, de unos valores que ya no existen. Para esto es necesario dos elementos; un mundo en crisis y una búsqueda de la verdad, ambos indicativos también de las exploraciones teológicas y mesiánicas. Es decir, cada novela debería ser, en sí, una nueva verdad metafísica: un yo contra el mundo.
Aunque las novelas ya no existan, aunque ya no sean leídas, si pululan los héroes, los relatos, los quijotes y las madames Bobary, cada uno con su pequeño discurso de validación coercitiva. Soy yo contra el mundo. Soy yo el futuro millonario. La sobreabundancia de relatos ha hecho precisamente que nuestro mundo colectivo se construya de un montón de pequeñas historias a medida que han convencido a cada ser humano de ser un héroe problemático e inconexo. Sobreviven entre diferentes etapas de información o desinformación relatos colectivos, paradigmas y arquetipos. Hay varios filtros, varios mecanismos de producción narrativa de los cuales nos valemos para construirlos. Internet nos los inyecta como si fuesen vitaminas.
Como soy narrador, conozco muy bien esos fantasmas, sus nacimientos o muertes, sus disfraces y estrategias para que simpatices u odies a una idea. Pero también entiendo el por qué hoy podrían resultarnos agotados ¿Cuál es exactamente hoy nuestro relato colectivo arquetípico? En realidad, convivimos con muchos a la vez, y algunos entienden ello como una crisis. Si bien el editor demiúrgico parece el origen de todos los males, en realidad nuestra crisis radica en su ausencia ética. A lo mejor siempre necesitaremos sacerdotes, ojalá sabios. Como no tenemos un mito fundacional y en su lugar tenemos cientos de historias diminutas, el nihilismo parece norma. Ahora mismo construimos nuestro mito personal en relación de oposición a algo—como decía cierto filósofo español, Gustavo Bueno «pensar es pensar contra algo» nuestros héroes son ofensivos, heiddegerianos para la muerte. Nos abruma la sobreabundancia de versiones, dudas y realidades paralelas y eso nos convence, por parálisis lingüística, a que las verdades se defienden en cruzadas. Ya no sabemos quien dice la verdad, solo sabemos que cada relato que aceptamos trae implícita una jerarquía de valores que a lo mejor no nos convenga, y nos negamos todos a hincar las rodillas.
Y esto en realidad no tiene una solución no distópica. Nuestra relación con lo colectivo está demasiado mediada por la historia que compartimos con todos, y mientras la modernidad convierte a cada individuo en un héroe problemático, la tradición nos obliga a establecer valores a través de un objetivo mutuo de supervivencia. La única salida que tenemos es que cada individuo, cada votante, cada lector, lejos de ser su propio autor—su recreador de realidades paralelas—sea el curador de su propia visión del mundo, de su propia colección de historias importantes. Es decir; un océano de relatos nos obliga a ser más cultos y conscientes que nunca. No podemos bajar la guardia. En lo personal, eso me resulta agotador, pero no quiero que establezcamos aún una salida diferente. Los seres humanos no podemos delegar la curaduría de relatos a las máquinas, pues eso implica siempre someternos a ideologías invisibles. Siempre debemos tener al autor bajo sospecha, así que necesitamos ver su rostro y sus trucos de magia, sus coordenadas históricas y políticas, su ideología. La solución tradicional, la que nos ha servido por milenios es la educación de una clase sacerdotal responsable del relato, pero la relación del individuo y el relato volverá a ser problemática. Nos urge la sabiduría.
O tal vez la solución sea un compendio de relatos, una jerarquía; una biblioteca.

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