El performance y la destrucción de la política.



 

En mi vida universitaria, la palabra performance me causó muchísima incomodidad. Gran parte del arte que se produce en las universidades en los últimos cincuenta años ha girado en torno al concepto de performance, y despreciar esa producción implica asumirse como un provinciano exiliado en el continente artístico. No obstante, desde que internet se apoderó de la vida pública, la palabra performance abandonó las salas de exposición artística e hizo metástasis en la vida política e incluso en la educación emocional de las personas. Pese a su condición foránea, la castellanizamos precisamente porque nos resulta transparente en su propósito descriptivo y porque implica una pose impropia de la cultura hispana.  Por ahora nos ha servido como lente; las ciencias sociales han convertido todo rol social en un performance, toda identidad en una simulación pública. En español tenemos actuación, interpretación, dramatización, que, aunque tengan implícito un ritual social y una liturgia, no alcanzan a ser lo suficientemente artificiales. El concepto de performance proviene del francés y unifica un montón de cosas que una vez interiorizadas, no dejaremos de ver en todo comportamiento social. J.L. Austin, acuñó en 1955 el concepto de enunciado performativo, que implicaba acciones que significan algo. Ervin Gofman en su libro La presentación de la persona en la vida cotidiana (1959) la introdujo al estudio sociológico, pero si somos entusiastas, podríamos trasladar su origen a la famosa frase de Cayo Aurelio “La mujer del César no solo debe ser honrada, sino también parecerlo”, aunque esa afirmación nos deje por fuera, precisamente, la poesía.

Y sin duda, hay performances malos y performances buenos. Pero aún no definimos, ¿Qué es un performance? Digamos, por un lado, que es la emoción que aparece de una acción. Es convertir la acción en algo que se supere a sí misma y que represente algo. El equilibrio en esto es frágil, y por ello fracasar es estadísticamente muy probable. Para distinguir esta separación les quiero hablar de dos situaciones que ocurrieron en septiembre. La primera cosa ocurrió en Pitalito y la otra ocurrió en algún lugar miserable del país.

Hablaremos primero de los performances buenos. El 25 de septiembre en el auditorio de la Casa de la mujer, la asociación de escritores libres y el colectivo Bitácora presentó el recital poético “Poesía sensorial” protagonizado por las poetas Alba Leonor Chaux Cardoso, Blanca Inhirida Trujillo González, Claudia Marcela Ortiz Dussán, Luz Marina Barrios Acosta y María Nur Alvira Valderrama. El buen performance, el genuino, es hermano del teatro y de las ceremonias religiosas. Como la gran cruzada civilizatoria ha sido al mismo tiempo una cruzada contra lo sagrado, lo que seguramente nos hace más vulnerables tanto a conmovernos como a ser cínicos, es extraño que lo sensorial nos sensibilice, por contraintuitivo que resulte. Mientras escuchaba a las poetas pensé en aquella relación mágica que tienen los escenarios con el ritual, con los ciclos de la vida y los cambios del ser humano, y cómo los antiguos sacerdotes cuidaban las condiciones de su puesta en escena. El acto ritual de la memoria y la poesía es un performance, pero es uno que posee la autenticidad de los mitos íntimos. Es decir, contrario a lo que diga el internet y todo el dogma de la construcción sociológica moderna, el performance necesita una ceremonia, un acto y un momento, pues si sol oes concepto corre el riesgo de quedarse vacío. El performance no puede ser laico. El rol no existe sin la liturgia (la poesía) de lo contrario se convierte en cinismo. Esa idea me sirve de entrada para hablar del performance malo.

            Fue inaudito y caricaturesco ver a Abelardo de la Espriella portar un arma. Más allá de mi opinión política sobre él y de lo minúsculo que me parezca como mamífero, como hombre o como ser vivo, todas las ideas asociadas a su acto performático son caricaturescas. Pero esto—como todas las cosas a su alrededor—no provienen de él. Si él fuese consciente del ridículo al que lo someten, de la mirada del otro, a lo mejor se opondría a la pantomima.  Abelardo posa para la fotografía, como lo hace toda la generación, y no hay diferencia entre el adolescente que se toma una fotografía frente a un auto costoso que no le pertenece y el presidente que pretende ir armado como un bandolero. Al adolescente podemos perdonarle que crea, por un instante, ser el dueño de un auto costoso; al presidente que quiere dárselas de bandolero a pesar de la fuerza que sí representa—y que no le alcanza para sentirse hombre—y no comprende el poder que ya posee—superada la edad media, todo monarca o dignatario armado parecía un bárbaro—el poder simbólico, nacional, militar e institucional, todas esas abstracciones que le superan y que por ello no le reconfortan, están más allá de él, y por eso no podrá alcanzar por ningún lado su rol, su arquetipo de gobernante. ¿Qué pretenden los asesores de imagen norteamericanos e israelíes que deciden lo que debe hacer o portar? Más allá de burlarse de él, a lo mejor intentan mantenerlo asustado.

¿A quién le hablan exactamente? ¿Qué han hecho con el ciudadano común los últimos XX años de ansiedad y consumo inmediato de cultura barata?

El dialogo político de los últimos veinte años se volvió performático gracias a la influencia de la cultura norteamericana y el periodismo, gracias a los realitys y a la música popular, el vacío de la política es la última cúspide de una decadencia que ya lo conquistó todo. El acto performático es simple representación en redes, si, pero la profundidad ideológica ha desaparecido; antes de Abelardo, tuvimos a Iván Duque fingiendo una edad que no tenía, tiñéndose canas falsas, posando como un reyezuelo triste intentando utilizar el poder para poder cumplir su sueño frustrado—ser presentador de televisión— creyendo que si gritaba mostraría carácter, convirtiéndose en un bufón gratuito gracias a sus asesores, pero Duque parece un estadista al lado de Abelardo. Esta nueva generación del marketing político descubrió la coprofagia electoral y se hicieron ricos, pues han tenido un éxito descomunal convirtiendo a los payasos en títeres presidenciales. Las democracias latinoamericanas han sido moldeadas por asesores de imagen cuyo único interés es convertir American Idol en toda la política disponible para un continente sometido.  El elector ya no diferencia entre un líder y el héroe cómico de las películas baratas. En realidad, nos consume por completo lo performático y por eso, tenemos un presidente cuya única dimensión es la pose. Abelardo es un presidente para Instagram. Sus electores, misteriosamente, se sienten más seguros si su presidente anda por ahí armado.

Pensemos en el momento en el que el poeta, el actor, el sacerdote o el loco se paran frente al escenario. De su boca dirán ser Dante, ser Romeo, ser un enviado de Dios, ser Simón Bolívar, estar en el patio de su infancia, ser profesor de un jardín infantil o ser el presidente; quienes estamos al otro lado y escuchamos tenemos solo dos opciones; aceptar el acto y entrar a sus palabras, convertir lo que nos digan en la realidad que pisarán nuestros pies o no creer y ser simplemente cínicos. La facilidad con la que nos induzcan al ritual proviene de nuestra inteligencia. Pero ¿Qué hacemos con toda esa terrible realidad que nos queda por fuera? Al político le basta ir a una ciudad sitiada y hacer un video para su Instagram para demostrarle a sus creyentes que actuó—y ellos lo usarán como evidencia, ansiosos por no romper la delicada realidad mágica en la que participan—al poeta en cambio le toca hablar en el idioma emocional de su interlocutor, invadir sus dudas y recuerdos, sus emociones y su nostalgia. ¿Qué hacemos con toda esa realidad que está afuera de nuestras mentiras? La solución siempre ha sido matar a aquel que no acepta nuestras premisas.

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