Atentar contra uno mismo



Llevo doce años estancado en una novela sobre el suicidio que no había logrado resolver hasta hace menos de unas dos semanas. ¿El motivo? Le tengo miedo (pánico, en realidad) al efecto Werther. Mi moral me impide parecerme a Vargas Vila y enorgullecerme por causarle la muerte de alguien. Sin embargo, me es imposible olvidar el tema o pasar página. Tampoco podía desechar ese medio libro escrito ni retomar algún otro proyecto abandonado, aunque honestamente, mientras posponía este he terminado otros cinco libros que solo Dios sabe si algún día alguien leerá. En estos doce años habré leído una veintena de textos sobre el tema del suicidio y creo que he alucinado con haber leído otra veintena que seguramente ni siquiera existen. Por ejemplo; estaba convencido de que el libro de Émile Durkheim El suicidio, un estudio sociológico se llamaba en realidad Atentar contra uno mismo. (¿Tal vez ese es el nombre de un capítulo de El Dios Salvaje de Al Alvarez?) Escribir sobre el suicidio es una tautología editorial; es decir, implica suicidarse, o si sobrevives, te conviertes en un apestado, y más te valdría haberte muerto de causa natural. El suicidio, lo insinuó Camus, es el abismo original. Lo curioso es que entre más me acerco a ese fuego, entre más cerca estoy del verdadero vacío—y el vacío me devuelve la mirada— más significativa me resulta mi propia vida.

Hoy Sergio Esteban Vélez, director del instituto Caro y Cuervo ha publicado un video algo desagradable sobre Andrés Caicedo. Desagradable no en cuanto no esté de acuerdo con él, pues también creo que Caicedo pudo ser nuestro Roberto Bolaño de haberse dado él mismo esa oportunidad. El problema desde luego es político, y por eso mismo, grosero; si bien el suicidio no posee ideología, juzgar una ideología desde el suicidio, y convertir el reproche a un suicida en una lección moral contra su ideología, intentando deshonrar al suicida sin que pueda defenderse, no solo es bajo discursivamente, sino obstinadamente romántico a pesar de su vulgaridad. El discurso de Vélez me recordó al juicio póstumo al Papa Formoso, cuyo cadáver fue desenterrado y puesto en un estrado para ser juzgado a pesar de su putrefacción. Las pasiones y las ideologías deberían acabarse con la muerte y cuando muramos, por la causa que sea, las ideologías deberían dejarnos en paz. Pero en cambio, las ideologías se alimentan o se ensañan con los mártires y los suicidas, como leña alimentando la falsa llama de su discurso vacuo. Es decir, la crítica al romanticismo desde el romanticismo es imposible porque inevitablemente terminará mordiéndose su propia cola. La pulsión de muerte está en todos nosotros y escritores de todas las ideologías se han suicidado, el oficio de escribir es muy cercano a trastornos como la hipocondría y la excesiva autoconsciencia, pero el suicidio nos podría abordar sin importar lo que creamos sobre el futuro, el arte que practiquemos o la religión que profecemos. El cristianismo mismo tiene un germen suicida dentro del concepto del martirio que la izquierda ha instrumentalizado, valiéndose del mismo romanticismo que me gustaría cuestionar—cosa que también ha hecho el patriotismo y la derecha, la ciencia y cualquier otra mitología, pues toda la cultura nos invita siempre a morir por algo más grande que nosotros. Ergo, nuestra vida es inferior a un discurso.

La única manera de quitarle al suicidio su condición de símbolo es recuperando su intimidad, solo que en esta época, lo íntimo parece subyugado a lo político. El problema es que morir nunca es un acto privado, y difícilmente podrá serlo. En mi libro quisiera usar todas las fuerzas que me quedan para cuestionar el suicidio romántico permitiendo siempre la puerta a la autodeterminación y la eutanasia. Yo mismo quisiera tomar la decisión de morir cuando ya no pueda sobrellevar mi dolor físico, pues me gustaría no convertir mi dolencia en un tormento para los demás. Es por eso que el romanticismo sobre el suicidio enturbia esta conversación y nos impide hablar sobre sus implicaciones éticas con honestidad. ¿Cuando el dolor físico o espiritual justifica el suicidio? ¿Cuando no lo hace?

Desgraciadamente, la condición estética del suicidio de Caicedo está en la antítesis de mi punto de partida. En el fondo estoy de acuerdo con Vélez, pero no en la forma.

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