Escribir sobre música es para mí una de las tareas literarias más difíciles. Dice Barthes al respecto en El «grano» de la voz:
“¿Cómo se las arregla la lengua cuando tiene que interpretar la música? Parece ser que muy mal. Si examinamos la práctica común de la crítica musical (o de las conversaciones sobre música: a menudo se trata de lo mismo) es evidente que la obra (o su ejecución) se traduce exclusivamente por la categoría lingüística más pobre: el adjetivo.”
En el PROGrama sufrimos de ello—yo peor que nadie—y a veces caemos en esa molesta repetición adjetiva; aquel disco es muy bello, aquel disco es buenísimo, aquel otro es Maravilloso, pero como decía el viejo Lester Bangs, para hablar verdaderamente de la música siempre hay que vivirla un poco, tocarla con los pies “Toda crítica musical es autobiográfica”. Lo opuesto es la crítica moderna, la descripción de texturas y morfemas, muy hija de la revista Vogue, con categorías casi gastronómicas y referencias de pretensión obscura. A mí este tipo de lenguaje no me resulta tan divertido. El 11 de abril Argovia presentó en Bogotá su último disco, Primal Repetition, acompañados de la agrupación paisa Ferales. El lugar de encuentro fue un auditorio en el Hall74 en la zona centro-norte de la ciudad. En realidad, aunque escuchaba y conocía Argovia desde hace más o menos dos años, esta sería la primera vez que los vería en vivo, y por eso mismo estaba emocionado. El escepticismo nacional —o más bien latinoamericano, que tiende a impostarnos al descubrirnos como una cultura interesante— me había vuelto ignorante frente al talento local. Mis únicas excepciones durante mucho tiempo habían sido Lucrecia Dalt y Bomba Estéreo, y en la escena underground, un pequeño proyecto paisa casi unipersonal llamado Age of Kronos. La ruptura de mi mala fe ocurrió tal vez en un PROGrama que Julián @Deicidium y Jorge @Unomasdelmonton hicieron sobre bandas nacionales. Argovia no apareció en esa playlist, pero entonces empecé a escucharlos porque fueron una referencia obligada durante la noche, un poco con la distancia cómoda que se mantiene con aquello que se experimenta sin creer del todo que hace parte de tu ecosistema. Cuando tendríamos unos diecisiete años, Jessica @MissTrancos me dijo mientras compartíamos discos y MP3 pirateados: "¡Qué envidia me dan las personas con gustos musicales más tradicionales! Sus artistas pueden venir aquí e incluso podrían ser sus vecinos. Nosotros en cambio podríamos morirnos sin saber quiénes son en realidad los músicos que escuchamos. Nunca podríamos tomarnos una foto con Maynard o con Jonas Renkse. No nacimos con ese privilegio." Ciertamente, de esa Jessica adolescente he heredado un tanto el alma de este texto. En ese entonces éramos niños comprometidos con el pesimismo adolescente, por eso nunca imaginamos el desarrollo que ha tenido en los últimos años la escena progresiva nacional —Jessica estuvo el año pasado en el concierto de Tool, así que al menos pudo ver a Maynard en vivo— y desde luego tampoco imaginamos que pudiésemos conocer un proyecto tan cercano y tan profundamente personal como Argovia.
Como realmente creo en la experiencia autobiográfica más que en la crítica como dogma, me gustaría seguir hablándoles del 11 de abril. El Hall74 me recordó ciertas escenas del DVD Heima de Sigur Rós, cuando la banda luego del reconocimiento internacional se devolvió a Islandia a tocar en poblados locales y comunitarios, con niños, ancianos, marineros y jóvenes sentados en un parque escuchándolos en vivo. Jamás esperas esa experiencia en un concierto de Rock o de un género que tenga alguna cercanía con el metal, pero Ani, durante un interludio entre canciones, mencionó la intención como un objetivo que les implicó un esfuerzo logístico. Argovia deseaba ese vínculo íntimo y comunitario, que hoy es prácticamente imposible de sostener con cualquier artista masivo o cualquier otra experiencia que pretenda ser colectiva. Ani y Carlos, creo, lo saben; buscan provocar esa intimidad, y el 11 de abril lo lograron.
Ferales abrió la noche. Su presentación fue memorable, aunque Carlos Arévalo —su tecladista— en un arranque de esa franca autocrítica que a veces seduce a los artistas, no la describió como particularmente especial. Pero para quienes la escuchábamos por primera vez fue otra cosa; Ferales ama lo que hace y lo demuestra con honestidad en el escenario, ama la emoción como materia prima para su música. Si Argovia dialoga con Porcupine Tree, Ferales lleva aún más lejos ideas que Anathema apenas alcanzó a tocar antes de disolverse. La voz de Eliana Piedrahita es difícil de describir —y tal vez no convenga intentarlo demasiado— pero el duo creativo que forma con Leo Sierra tiene la cualidad de las cosas que te conmueven antes de que puedas analizarlas. Desde esa noche no he podido escaparme de Para ella ni de Canción de cuna, que nació de la sensibilidad que a Piedrahita le despertó el conflicto en Gaza. Ferales es una de esas joyas que brillan con más nitidez cuanto menos las entiende el mundo.
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| Créditos de la fotografía a Manuela Uribe |
La presentación del Primal Repetition abre con Oceanborn que es la primera canción de su disco anterior, y que además define un tono para la presentación, del mismo modo en que Unstoppable establece un fin. Me pareció lógico y un saludo al origen, una declaración de fidelidad con el camino recorrido. Dice Dave Eggers que escuchamos las canciones una y otra vez porque tenemos que «solucionarlas» y que esa solución nos enfrenta a una especie de perplejidad emocional. Los artistas se enfrentan a su modo a la repetición, a la necesidad de decir, pero el progresivo y sus ambiciones técnicas agrega peldaños a esa dificultad. Åkerfeldt sostiene que la gran brújula de Opeth es no repetirse jamás, que la música debe explorar siempre un camino nuevo. Creo que Argovia responde desde un polo opuesto y complementario —volver, no como regresión, volver como quien regresa a casa, pues el umbral creativo se retroalimenta constantemente con la misma experiencia, pero quien cruza ya no es el mismo. En ese sentido Primal Repetition no tiene miedo a su vulnerabilidad, porque de ahí extrae su mayor fortaleza. Hay en él una cualidad que escasea en el progresivo o en la música en general, una ternura que nada tiene que temerle a la cursilería, una riqueza técnica que no necesita de florituras ni de fuegos artificiales. La participación de Ross Jennings de Haken es una extensión natural de esa lógica. The Same River pasa por territorio de Heráclito y que saluda a una de las influencias más importantes de la banda, Riverside, la permanencia y la identidad, y su pregunta parece girar en torno a aquello que es y que volverá a ocurrir, ¿pertenecemos a algo aunque el agua nunca sea la misma? La voz de Ani y su guitarra son serenas y reflexivas. Hay en esta imagen algo que Argovia explora, la repetición como la única manera que tiene el amor de demostrarse. Crossroads lo dice en un tono un poco más duro pero también más pragmático, tanto en su instrumentalización que recuerda un poco a los juegos tónicos de Adam Jones, a Karnivool y a los coros de Leprous; primero hay que ser unidad para poder alcanzar a un otro, y esa entereza cuesta. "I'm trying hard just to be whole again / so I can reach you" es tal vez la declaración más honesta del disco. No hay romanticismo fácil, solo la conciencia de que el amor exige trabajo interior.
Lo que el disco hace bien es no resolver las tensiones del cambio y la permanencia con simplicidad. Lethean Light vive en la pregunta, en estas transformaciones, ¿podemos mantenernos a flote? El Leteo es el río del olvido en la mitología griega y la canción pregunta si es posible sobrevivir cuando la memoria amenaza con arrastrarte. Mountains y Spark son los momentos donde el amor aparece en su forma más cálida, pero Mountains me emociona por su analogía a Zimmer, que también me recuerda ese saludo-introducción que Carlos hizo a Interstellar durante la presentación el 11 de abril. En el caso de Spark —"when this world dies / we'll become as one"— Parece natural que la luz se gane solo después de haber pasado por Ebb & Flow, que es el momento más oscuro y tal vez el más íntimo del disco. La vulnerabilidad compartida que describe con Ross Jennings —heridas abiertas que nunca terminan de cicatrizar, la vida como oscilación que nos acerca al borde— no es desesperación, la música impide que sea desesperación y más se parece a la confesión honesta, pues romperse juntos también es una forma de pertenencia.
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| Créditos de la fotografía a Manuela Uribe |
Isol_AI_tion es el único momento donde el amor está completamente ausente pero esa ausencia es esclarecedora; la canción describe el sucedáneo digital de la compañía, una voz en una pantalla que sabe todo de ti y no te conoce, y funciona como el negativo fotográfico, la anti-intimidad del resto del disco; una declaración y un diagnóstico social que se conecta con Aenima de Tool y Fitter Happier de Radiohead. Si la repetición es el camino hacia la transformación, Isol_AI_tion muestra qué ocurre cuando la repetición nos aliena robándonos la humanidad.
Alas de Sal es, por último, el momento donde el disco se nombra a sí mismo en su lengua de origen. Hay algo significativo en que Argovia haya elegido su lengua materna para esta canción, con imágenes como el desierto, la selva y el volcán para hablar de identidad y de fidelidad. No es un guiño al mercado latino sino algo más cercano; una declaración de origen que rima perfectamente con el gesto de abrir la presentación con Oceanborn. El amor también tiene una ubicación geográfica.
En la presentación del 11 de abril quisiera resaltar dos temas muy especiales. La primera es el cover de Open Car de Porcupine Tree que exaltó el fanatismo de todos los progcosteños presentes y la segunda—que terminó por conquistarlos, incluyéndome naturalmente—fue la participación de Susana Chvatal de la banda de death metal progresivo Volheid de Medellín, que cantó junto a Ani la canción número once del disco, Where Do We Go.
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| Créditos de la fotografía a Manuela Uribe |
En cierta medida, el mundo alternativo que heredó el rock ganó humanidad al salir del epicentro de los reflectores, y Argovia pertenece con toda legitimidad a ese linaje. He escuchado el disco muchas veces ya y todavía me faltan palabras precisas para nombrarlo adecuadamente. Ojalá sean miles las personas en todo el mundo que escucharán Primal Repetition sin haber conocido la pequeña comunidad que se armó en torno a la música esa noche, pero pensando en ellos precisamente escribo este texto partiendo de las palabras de Jessica y del recuerdo del Heima. Ellos tomarán prestada la obra para su propia narrativa y construirán su propio fuego por simple inspiración, como yo lo hago cada vez que repito una vez más cada disco que me ha importado. Al progresivo como género suele embargarle la desesperación o la tristeza, al rock en general suele pasarle lo mismo, y a veces, como oyentes, el género nos presta la depresión o la desesperanza, nos presta la perplejidad y el dolor y nos enamoramos de emociones que no nos pertenecen. Por eso es extraño y maravilloso encontrar el amor en la música, amor en el progresivo, el amor como motivación estética y como sustancia, y sobre todo encontrarlo tan cerca, saludarlo y experimentarlo como comunidad en torno a una banda. Llevo un par de semanas con Primal Repetition como banda sonora de mis caminatas y de mis viajes en transporte público, tocándola con los pies y permitiéndole al disco significar algo en mi vida, y lejos de entristecerme, en realidad Argovia suele conmoverme, generándome un cálido agradecimiento por estar vivo. Es el amor genuino de Ani y Carlos y los demás miembros de la banda por sus oyentes y amigos, por su familia, por todos aquellos que los acompañan lo que se transforma en música, lo que termina convertido en arte donde por ahora dejamos a un lado los adjetivos y las promesas representativas del lenguaje. Tal vez eso sea lo único que yo pueda decir sobre este disco, y tal vez sea suficiente.




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