Convertirse o suicidarse

 


Conocí a Ernesto Castro brevemente durante su visita en Bogotá, seguía su canal de cerca y he admirado como pocos su trabajo literario. Presenté Jantipa o del morir junto a él en el Gabriel García Márquez en Bogotá, puedo dar testimonio de la persona que es, de su calidez y su honestidad, así que hace un año, cuando publicó esa aparente despedida de su canal en Youtube, noté en sus palabras y en su mirada todos los síntomas de una depresión terminal, de algo que le asfixiaba y que amenazaba su vida. Me preocupé muchísimo por él. Escribí un par de correos que pensé enviarle intentando consolar su angustia u ofrecerle alguna forma de promesa de esperanza, correos que tiré a la papelera de reciclaje porque en realidad no decían absolutamente nada útil para una crisis como la suya. ¿Qué podía decirle yo a alguien que, desde mi perspectiva miserable y periférica, lo tenía todo? Tengo dos o tres ex estudiantes que conservan con cariño la lectura de Jantipa y conocerle también es un recuerdo cálido para mí. Ernesto y yo cumplimos años el mismo día, le llevo exactamente tres años de edad, y por eso alguna vez le escribí que la edad me impedía admirarlo, y entonces aceptaba a regañadientes que le envidiaba; sin que él lo sepa a veces me siento detrás de sus pasos, siguiendo el rastro de sus lecturas y llegando después de él a muchas de sus conclusiones, siempre a su sombra; siendo tres años menor, como escritor, YouTube y filósofo ha sido una especie de hermano mayor que me lleva muchísima ventaja y del que me interesa aprender. Por eso mismo su depresión me afectaba tanto espiritualmente. ¿Cómo alguien que vive y se levanta con aquellas metas cumplidas que todavía me movilizan a mí dice que la meta, la meta que representa la sustancia de mis deseos, es una amarga y desesperanzada farsa? Ernesto es tal vez el escritor más mediático de su generación—por eso mismo todos hablamos ahora de su conversión—era invitado en todos los eventos literarios importantes de Latinoamérica y su sensación de vacío o sinsentido detrás de lectores y festivales era evidente. Nadie lee ya, solía decir, leer es una farsa y el escritor es una especie de mono de circo paseado por todos lados para legitimar cosas detestables. Su corazón roto adelantaba que el camino que elegí para mi vida carecía de sentido. Ese desencanto era perceptible mucho tiempo antes de llegara a Bogotá, y durante el breve lapso en el que conversamos, no me atreví a ahondar en esa situación. Hace un año el cierre de su canal implicaba un punto de quiebre; los lectores, los festivales, todas aquellas cosas que suele ofrecer la literatura no lograban llenarle, y el vacío estaba consumiéndolo. 

El sinsentido, escuchándolo supe que también estuve ahí y sé de lo que hablaba cuando insinuaba la posibilidad del suicidio. De corazón me hubiese gustado darle un abrazo. Mi respuesta fue diferente a la suya y está tan atada a mi experiencia personal que resulta intransferible, pero en realidad, también me he terminado acercando a Dios, a lo que entiendo de él, he ido lentamente renegando de mi ateísmo juvenil,  también trato de restablecer una fe desde un lugar muy distinto al suyo, seguramente a un ritmo mucho más lento, con más curvas y aristas. He racionalizado tanto ese acercamiento que a lo mejor es mi terquedad lo único que queda o que me impide realmente una teología; en el 2020, durante la depresión que me causó un rompimiento y la crisis de ansiedad vinculada a la pandemia, acepté que tenía esperanza y que por eso escribía. Si escribo, si escribo con desesperación, es porque creo en alguna forma de futuro, en algún modo de bien. Disfruto la escritura, y eso implica que encuentro felicidad en la esperanza. Creo en la persistencia de la humanidad, en que incluso si yo desaparezco algo de razón quedará en el mundo; de otro modo escribir no tiene sentido. Fue la escritura como comunicación con el bien lo que me salvó. Creo que cuando llegué a esa idea me levanté de la cama y empecé a escribir. Escribo porque creo, por tanto, debo expulsar el pesimismo, debo alejar la oscuridad de mi mente. 

Y también es cierto que dos gatos llegaron a mi vida. Cuidar de ellos mantuvo la esperanza viva y la soledad a raya. Siguiendo a Viktor Frankl; siempre he tenido un por qué, uno obstinado y demasiado poderoso, pero nunca he tenido un cómo. Es ahí donde suelo pedirle ayuda a Dios y en donde espero su misericordia.

A diferencia de Ernesto Dios no es todavía una presencia sobrenatural en mi vida, no he sentido ese privilegio ni ese terror; mi yo, mi ego a lo mejor es demasiado denso y terco como para que algo así me ocurra. Mi dialogo interior, mis conversaciones internas son con lo que entiendo del bien, con lo que creo que es la esperanza, y si eso no es Dios, entonces seguramente hablo solo y he terminado enloqueciendo. Todo el tiempo creo estar orando mientras escribo. Así que hace una semana pensé decirle a Dios, a la esperanza y al bien en el universo “Muchas gracias” cuando me enteré de que ese muchacho larguirucho y sabio sobrevivió a su oscuridad; gracias por salvar al escritor, gracias por salvar al filósofo, gracias por salvar al rival, al hermano y al guía. Lo necesitamos vivo. Necesitamos su escritura y su inteligencia, su sensibilidad y su influencia. En los últimos meses me he asumido no solo como creyente, sino como católico, pero supongo que más por una impostura política que como una convicción realmente religiosa. Mis valores sobre la humanidad, sobre el valor de la vida y sobre el otro dependen demasiado de Jesucristo. En contraposición están los valores modernos, evangélicos y sionistas que justifican un genocidio racial y étnico y que abogan por la inminencia del fin del mundo. Creo que como humanidad solo saldremos de esta densa oscuridad si nos aferramos a la creencia de que todos los seres humanos somos hermanos. El corazón fundacional de todo humanismo es la palabra de Cristo, el amor de Dios sin importar nuestro origen. Creo en ello; allí está toda mi ética y convicción, en esa convicción he puesto mi alma y mi vida, pero sobretodo, quiero ser consecuente con esa idea. Como creo sobre todas las cosas en la humanidad, no tengo más remedio que considerarme católico y cristiano. 

Uno de mis hermanos de sangre, Juan Sebastián, pasa por una depresión semejante ahora y de nuevo, no tengo ninguna palabra de alivio para darle. Soy un mal guía y eso empeora con la cercanía de sangre. Solo me queda la fe y la esperanza, tanto en él como en que podrá sobrevivir a la oscuridad.  Él ya fue cristiano alguna vez, y lo fue a lo mejor creyendo en una doctrina que violentaba su identidad. Ojalá esa experiencia no le impida reconectar con algún sentido para su vida. De corazón espero que encuentre un por qué, para que le sea posible un cómo.

 

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