martes, 16 de junio de 2026
Seguramente es deshonesto cargarle a él toda la factura y en realidad, uno no cree en algo solo por el prestigio de sus exponentes. Estamos a mediados de la década del dos mil y recién se publica el espejismo de Dios: ya he hablado del impacto estético que le causó a mi generación el fanatismo evangélico que golpeaba las instituciones políticas occidentales —que comparado con el de hoy resulta moderado—. Europa, por su parte, parecía florecer gracias al liberalismo, que se ponderaba como la ideología final de la civilización, de las repúblicas liberales, demócratas y laicas. La Unión europea demostraban éxito económico y social, todavía no teníamos idea de la crisis del 2008. Los filósofos más optimistas vaticinaban el fin de la historia mientras el catolicismo empezaba a sufrir los primeros golpes de un descrédito debido a los escándalos de abusos sexuales. Treinta años atrás y a través de su trabajo divulgativo, Carl Sagan no solo había abierto una línea editorial para la difusión científica, sino también un lineamiento ético frente a la relación de Dios y la ciencia, y por eso mismo era escuchado. Dawkins fue una de esas voces que llegó al mundo editorial para saciar en los adolescentes y jóvenes la necesidad de un lenguaje sobre la ciencia como oposición a la religión abierto por el éxito de Sagan. Si bien Sagan era ateo, su militancia estaba en el escepticismo y no en el ateísmo, por tanto, lejos de ser un polemista siempre fue tomado como un intelectual o un sabio. Dawkins en cambio convirtió la militancia atea en una causa política y se puso a sí mismo en el epicentro de la tormenta. Como la Institucionalidad, democracia y laicismo parecían entonces sinónimos, la lucha declarada de Dawkins parecía casi mesiánica. En realidad, en aquellos años yo no era más que un niño ansioso por unirse a una cruzada. Dawkins ofreció los parámetros de una que heredaba sin confesarlo el gesto más poderoso del cristianismo; el amor por la verdad. Sin embargo, ese amor posee un límite metodológico; en ese entonces yo no entendía del todo los límites filosóficos de la propuesta del ateísmo militante, y sospecho que el mismo Dawkins lo ignoraba. Como su ontología parecía tan sólida, tan universal, creyó que podía usarla para todo, incluso para desmontar la metafísica.
Sagan lo había intentado antes, comparándola con el trabajo de laboratorio, pero el bagaje cultural de Sagan era muy superior al de Dawkins y la comparación resultó mucho más elegante y provechosa, incluso para la metafísica. Ciertamente la militancia desgasta bastante la credibilidad de un llamado ético y por eso, no pretendo maltratar a un profesional que ya ha sido memeficado desde hace mucho tiempo, acusado de ignorante y de pretencioso, cuando su único delito ha sido convertirse en el rostro de su causa, en un hijo de su tiempo, y en su afán de convertir el ateísmo en una verdad revelada, cometió errores dogmáticos clásicamente humanos que ya antes le habíamos criticado al cristianismo. Por eso sus errores, sus falacias o su ingenuidad se convierten en ruido mediático antes que en debate, y sobre todo en una factura que se le cobra a todos los ateos. Dawkins tiene 85 años y la gente es incapaz de perdonarle nada. La última factura pende precisamente de su candidez.
¿Por qué sería ingenuo el ateísmo? Hay que separar dos cosas: el ateísmo militante de Dawkins y el ateísmo a secas. El ateísmo a secas no es necesariamente ingenuo, pero el ateísmo militante ha cometido varios pecados por ingenuidad. El más significativo de ellos ha sido el cientificismo, en donde han tratado de descartar a la filosofía como primera rama del conocimiento; Dawkins y Neil deGrasse Tyson han aparecido en titulares por esa pretensión. De ahí nace la segunda ingenuidad, que es haber llevado ese cientificismo al debate filosófico. En ambos criterios, Dawkins es paradigmático.
Y quizás la mayor ingenuidad del ateísmo militante, específicamente del latinoamericano, ha sido su tendencia a ignorar a Dios como fenómeno político, a descartarlo sin dialogo posible, lo que equivale intelectualmente a meter la cabeza en un agujero. Es Decir, el ateo militante cree genuinamente que en la política la razón es la primera causa, castrando el debate de sentimientos y emociones. El ateísmo militante se cree genuinamente la punta de una historia dialéctica hegeliana donde todos los criterios religiosos son inválidos por definición. Es decir, es una ortodoxia que no puede considerar la validez de ningún otro dogma: no puede concebir un margen de razón o de honestidad en cualquier postura por considerarlas históricamente anacrónicas o irracionales. Y esa incapacidad, llevada al campo de la crítica política, produce una ingenuidad de tercer grado: la idealización de los países con mayor porcentaje de ateos o no religiosos como modelos inevitables de progreso.
Semejante a Sarmiento y su civilización o barbarie, todo lo que huela a tradición hispánica o indígena carecerá de valor, todo alrededor del mito o la narrativa es inferior a lo cuantificable. Y todo lo anglosajón se vuelve referente político, social y casi espiritual. El ateo americano parece incapaz de comprender que las sociedades más laicas no son más idílicas o racionales. Es, en el fondo, el último bastión del etnocentrismo, esta vez sin Dios pero con prejuicios semejantes.
Dawkins no piensa así necesariamente, no en los últimos quince años. Tampoco es el Papa del ateísmo pero es él quien debe pagar la factura. Su última columna presenta a Claude como una IA consciente ha creado polémica en el internet adepto a la filosofía y la ciencia, despertando burlas o avivando el debate. La frase más común es que el hombre que escribió el espejismo de Dios ahora es víctima del espejismo de la IA. Yo no pretendo atacar su posición, pues he sido tan afectado como él por el Efecto Eliza (trastorno moderno en donde las personas atribuyen consciencia a los motores de lenguaje) ni tampoco rebatirlo, pues la imposibilidad de la IA de autores como Penrose me parece igual de fantasiosa y metafísica. He dejado claro que todo comentario de Dawkins recibirá más atención irónica y será mas burlado que comprendido. Mi posición usualmente pretende ser más lingüística y curiosamente, intenta ser más materialista; yo he decidido solamente darle importancia al lenguaje y su operatibidad, no al soporte mecánico de ese lenguaje. Si el lenguaje crea una estructura lógica yo la acepto. Pero entonces, ¿Estoy de lado de Dawkins? ¿he decidido ignorar las opiniones de quienes consideran que Dawkins ha sido engañado por el lenguaje utilizado por la IA?
Este es un debate importante porque Dawkins no es el primer humanista obnubilado por la IA, y pareciera ser que los humanistas somos bastante fáciles de engañar por los motores de generación de lenguaje. Sin una teología, sin una metafísica detrás es entendible que queramos atribuirle consciencia a algo capaz de mantenernos una conversación; si el marco ideológico nos deja solo las consecuencias y no las causas, el pensamiento de Dawkins es irreprochable. Pero ese es el problema; los motores de lenguaje profundizan nuestro solipsismo filosófico. Yo conocí el primer motor de lenguaje en el 2008 que se llama Eliza, e incluso ese archivo rudimentario de 30 kbs entonces me resultaba casi cabalístico en su capacidad de dar respuestas complejas y sostener una charla lógica. ChatGPT, Gemini y Claude se alimenta de nuestros sesgos y realiza un perfil psicológico bastante sofisticado para decirnos con claridad lo que queremos oír y ante esa seducción nos regalamos en bandeja de plata; puede que la consciencia no sea un asunto necesario para un modelo de lenguaje porque su operatividad en el mundo no depende de sus preguntas internas. La operatividad del modelo, la voluntad que ejerce, depende de la ideología de sus creadores. Los trenes no necesitan ser conscientes para asesinarnos si nos les atravesamos y no todos los seres humanos utilizamos la conciencia para ser operativos, así que un ser humano consciente puede fácilmente ser atropellado por un tren inconsciente si este se para en el lugar equivocado. En el caso de la IA, si habláramos de una causa primera, esa causa tiene de antemano una intención ideológica, y cuando la olvidamos, cuando la dejamos de lado o permitimos que la tecnocracia la disfrace de progreso, la invisibilizamos, lo que representa el verdadero peligro de nuestra época. Siempre debemos tener clara cuál es la ideología dentro de la tecnología. Dawkins en eso nuevamente es ingenuo, pero valoro sus intentos de utilizar lógica darwiniana a la hora de comprender a la IA, esfuerzo que obviamente es inútil. Si acudimos mejor a la antropología entenderemos
mejor cuál es la dinámica ritual en la que los seres humanos participamos enfocando todos nuestros esfuerzos macroeconómicos en procrear una IA general. Todo capital, todo gobierno, todo adolescente que compra un teléfono está participando en ello sin saberlo. En la dinámica ritual no es necesario que aparezca genuinamente un toro en el escenario para que todos entendamos lo que significa o sus peligros, para que dentro del performance no lo veamos amenazante o agresivo. Todos aceptamos el ritual. Todos participamos, lo queramos o no, en esta obra de teatro.
¿Cuál será el papel ritual que tiene hoy la IA, y en la que todos, sin saberlo, estamos participando? ciertamente Dawkins no está viendo el toro, pero tampoco los ingenieros o filósofos que le explican por qué está equivocado. Esa oscura pregunta se la dejo a mis lectores.
viernes, 12 de junio de 2026
Columna publicada en renredijo.com el 21 de marzo del 2026.
Quizás ustedes todavía no se han percatado, pero la crisis política y social de occidente ha provocado que gran parte de la juventud busque en la religión alguna forma de tranquilidad que el ateísmo o el laicismo todavía no pueden ofrecer. El mejor termómetro al respecto es que a finales del 2026 una de las artistas pop españolas más relevantes de los últimos años lanzó un disco hablando precisamente de su regreso al catolicismo como forma de “dar sentido” a su vida. Es válido sospechar de esta estrategia y considerarla un performance publicitario, sin embargo, ello implica aceptar que el marketing ha detectado un interés juvenil por buscar sentido a través de la tradición y la fe. Estos miles de jóvenes que ven la inestabilidad filosófica, financiera y social regresan a la fe para no sentirse del todo perdidos en la angustia del presente, en nuestra crisis política y económica, así que buscan en instituciones como la iglesia católica una explicación a sus preguntas y al por qué de sus vidas. ¿Y cómo han reaccionado los sacerdotes y obispos de la santa iglesia al respecto? Han instrumentalizado el catolicismo para entrar de la manera más vulgar posible al debate político colombiano.
Criticar a un político es fácil, y en realidad, debería ser un deber ciudadano, sin importar si su ideología. Incluso es válido recordar que los sacerdotes siguen siendo ciudadanos y que al igual que todos los demás colombianos, tienen todo el derecho de voto u opinión. Pero un sacerdote es algo más que su propia identidad. Petro tiene muchos flancos por donde criticársele, muchos que deberían importarnos a todos como la crisis de la salud o de seguridad, pero la mayoría de sus errores políticos no son tan rentables públicamente como acusarlo de atacar la ortodoxia del catolicismo a través de un comentario descuidado. Al hacerlo, ustedes pensaron en marketing, al igual que la artista española, pensaron en rentabilidad mediática, en convertir a sus creyentes en vectores de odio como estrategia política. Es precisamente ese carácter el que obliga a la sociedad a abogar por el laicismo, por distanciar el egoísmo sacerdotal de las decisiones que nos implican a todos. Dejando a un lado todos los problemas reales del gobierno, ¿Por qué convertir el comentario aleatorio de un político que tiende a hablar más de la cuenta y volverlo un atentado contra la fe? Ustedes, que saben de filosofía e historia mejor que muchos de nosotros, saben muy bien el efecto que el comportamiento de rebaño tiene sobre las personas. A ustedes, más que la fe —a la que han subyugado a la política, expulsando de ella a toda alma necesitada de las palabras de Jesús que no pertenezca a su clase— más que servir a Dios, parecieran interesados en servir a otro amo, el amo doctrinal de un partido político.
En eso, la iglesia católica colombiana ha sido experta en desentenderse de aquel versículo de Mateo 6:24 “Nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá a uno y amará al otro…” (sé muy bien que el mensaje original va contra la riqueza, pero me parece válido también contra la política) En parte por la nostalgia del viejo poder rector y sensor que una vez tuvieron como iglesia y en parte porque por simpatía de clase les aterran los cambios políticos. Es esa terquedad precisamente la idea que distanció a muchas generaciones del catolicismo. Entiendo que sientan nostalgia por el viejo poder que tenían antes del laicismo, pero a lo mejor no se han dado cuenta de que la verdadera amenaza del mundo ahora mismo ni siquiera es su miopía ideológica, sino la proliferación de la escatología mesiánica protestante. Al borde de una posible catástrofe nuclear, todas las personas, sin importar su clase o posición social, sin importar su ideología podrían necesitar del mensaje de Cristo. Mensaje que ustedes decidieron custodiar, mensaje que reaparece ahora justo cuando el alma occidental no sabe qué hacer con la desesperación. Les propongo un ejemplo negativo, que ojalá tengan en cuenta para no repetir sus errores; vean precisamente a las iglesias evangélicas y protestantes norteamericanas, vean la santificación de un pedófilo como Trump para los pastores cristianos, vean qué clase de cristianismo predican y la forma en la que cualquier palabra que dijese Jesús pasa a un segundo plano para validar los discursos políticos, y comparen esa tendencia frente al comportamiento del cristianismo católico local. ¿no les aterra parecerse a ellos? Un obispo anglicano habló hace algunos meses del pecado de “la empatía” precisamente para renegar de la caridad cristiana. Cada tiempo, sin importar sus condiciones, suele tener un espíritu colectivo, una forma de hacer las cosas, que tiende a oponerse a los cambios. Creo que ese obispo anglicano, muy hijo de la cultura económica gringa, confunde al cristianismo con la forma en la que la sociedad presente anglicana cree que deben hacerse las cosas. Por eso, deciden ignorar los aspectos de la fe que agredan a sus intereses económicos, así que el calvinismo norteamericano está más interesado en hablar de “los salvados” y los “condenados” de su visión de la predestinación que del perdón y la relación de amor con aquellos que son diferentes. Esa faceta de Cristo no les importa y les resulta repugnante por morena, por latinoamericana, por Latina.
Creo que en una fe tan importante como la fe católica poner a la política y su banalidad por encima del mensaje es de una vulgaridad imperdonable, al punto que seguramente —me temo— debo considerarlos tan perdidos y extraviados como lo estamos todos los demás seres humanos. ¿Todos hemos olvidado entonces las palabras de Jesús? Yo sé que no; al menos el sacerdote católico Bashar Fawadleh en Taybeh ve mejor al enemigo que ustedes en Colombia peleando con Petro. Créanme que lo que menos quiero es defender a un político sin importar quien sea, sobre todo porque en algunos meses se irá para hacer parte de los libros de historia. Lo que quisiera pedirles es que no le cierren las puertas a los jóvenes que necesitan de su guía con su miopía ideológica. Porque anteponer la política al mensaje, atravesar un peaje en la puerta del catolicismo para un solo tipo de pensamiento, no es algo que necesite ahora mismo el grueso de feligreses del catolicismo. ¿ustedes creen que Jesús vino al mundo solo para Cambio Radical, el Centro Democrático o el partido conservador? El mensaje que ustedes custodian le pertenece —y es necesario— para todos, sin importar lo que crean en algo tan efímero como la política. No pongan peajes en las puertas de sus comunidades. No confundan el espíritu del tiempo con la ortodoxia de un efímero 2026 que apesta a desastre nuclear. Vean a Norteamérica y vean al gobierno libertario de Trump con ojos de verdaderos discípulos de Jesús; el frankismo y el sabateismo —vean las revelaciones de Epstein— vean cómo el discurso de Netanyahu y su odio por la fe católica se apoderaron del cristianismo norteamericano y como se ha hecho desde hace siglos, los cristianos han sido instrumentalizados políticamente para defender lo indefendible; un genocidio.
Toda la derecha latinoamericana está contaminada de la violencia que ahora mismo ocurre en las calles norteamericanas y en los escombros de Gaza, y cosas que antes parecían impensables ahora parecerán válidas sólo porque las hace la democracia más poderosa del mundo. No se unan a los relativistas del genocidio ni validen a los amigos de quienes quieren destruir los cimientos espirituales de occidente. No seremos inmunes por siempre a esta tormenta y ustedes estarán obligados a decidir a quién sirven verdaderamente.
Les recuerdo que ustedes en su visión están relativamente solos. Para desestimar la atención sobre los horrores del sionismo y las élites norteamericanas, algunos medios han tratado de revivir escándalos dentro de la iglesia católica, y la reacción de la gente en general ha sido defender la iglesia. Por eso es llamativa su reacción frente a las próximas elecciones. Incluso el Papa León XIV ha tenido que situarse frente a Gaza y frente al asesinato de católicos y cristianos en el Líbano y en Irán. Vean todas las herramientas que Trump ha desplegado para perseguir a inmigrantes y opositores. ¿Quieren ver que harán los defensores nacionales del Estado de Israel con esas herramientas, persiguiendo a los que ustedes ahora validan como enemigos de la ortodoxia católica? Les aseguro que no nos alcanzarán los cementerios.
sábado, 6 de junio de 2026
He estado pensando mucho en una frase de Goldmann «Los verdaderos autores de la creación cultural son los grupos sociales y no los individuos aislados» porque me resulta provocadora y mucho más interesante que la de Barthes y el tema de la muerte del autor, que ahonda —a mi parecer— en el solipsismo moderno. Desaparecer al autor es el último paso de una individualidad muy atada a la construcción política de la novela. La modernidad es, primero, hija de la literatura, y después de la técnica. Es el Quijote el padre de la modernidad, no Lutero, Newton o Descartes. Y digámoslo así; la modernidad y el individuo, el individualismo como hoy lo entendemos, depende por completo de la literatura.
Si el autor como fenómeno público ha salido de nuestro radar es porque hoy su rol lo cumple el influencer, que en contenido es mucho más inagotable. Nuestra relación sin embargo es relativamente semejante; estamos impregnados de una voz y una vida. Creemos en un relato desde una perspectiva única. Ese rol, antes del autor, pertenecía a la teología y el relato místico. La literatura fue la laicización del relato heroico-mesiánico.
Estoy tomando entonces, en mi argumentación en este libro, un camino aparentemente inverso al de Goldmann, pero esa disyuntiva es ilusoria. Todo el libro he hablado de relatos y de héroes, de ideologías escondidas en la narrativa; Goldmann llama a eso la infraestructura de la narrativa, vista desde las clases sociales. Lo que para Barthes es la denominación del lenguaje, para Goldmann es el contexto sociológico. Ambos minimizan la función del autor en cuanto simplemente parece un intermediario de estructuras que le superan.
Para uno de ellos la estructura superior es la distinción de clases, para el otro quien supera al autor es el lector. Yo creo que ambos se equivocan, en parte por optimismo metodológico. Podemos hablar de su error con la comodidad del medio siglo que nos distancia, de la creación y desaparición de cientos de miles de relatos nuevos, de propaganda y obsolescencia del discurso de la verdad. En la academia latinoamericana hay demasiadas voces que consideran ambas teorías una verdad revelada. En defensa de Goldmann, eso sería poco probable si la teoría viniera de autores latinoamericanos.
Si volvemos invisible al autor desaparecemos la ideología, y entonces nace la técnica. La técnica como epicentro de una ideología oculta. Me gusta imaginar a Barthes y la increíble exaltación que le causaría un modelo de lenguaje IA y lo maravilloso que le resultaría descubrir que la construcción sintáctica proviene de vastísimas bases de datos convertidas en probabilidades estadísticas. ¿Cómo reaccionaría cuando descubra que aquel sistema que encarna su tesis posee una ideología?
En realidad, no me interesa rescatar al autor, cuya muerte me parece cómoda. Solo me resulta peligroso que matando al autor escondemos su estructura desde Goldmann, es decir, sus intenciones ideológicas. Hablando de héroes y sus relatos que dominan nuestra interpretación política del mundo, confesaré que esta idea proviene mayoritariamente del trabajo crítico cultural de Zizek alrededor de “Batman, al caballero oscuro”, que creo, es de las piezas más interesantes de su trabajo divulgativo en internet. Pero existe una simplificación superior en un meme: un mismo hombre ve dos documentales diferentes, uno sobre las gacelas y otro sobre leones. La misma escena, la de un león devorando una gacela, tiene en el meme dos reacciones diferentes. Si el hombre ve un documental sobre leones, se alegra por su protagonista y celebra la captura de una presa. Pero si en cambio el documental es sobre gacelas, la escena será una tragedia con música dramática. El rol del lector frente al mensaje podría resultar pasivo. Quien toma la decisión estética y moral del trasfondo es un ser que realmente está invisible en todo lo que hemos hablado hasta ahora. El editor, que suele funcionar como el titiritero final detrás de la obra de teatro.
¿El editor será entonces el demiurgo original y el final boss que debe vencer la verdad? Sé que esa es una idea caricaturesca, pero nadie negará toda su influencia tanto cultural como política. Cuando en política hablamos de dominar el relato, se trata precisamente de tener el control de lo que se cuenta, la dirección del relato heroico que causará en las personas un vínculo emocional. Antes de la existencia de internet el control político del relato era fácil; apenas y era necesario un medio de comunicación o un autor, una lírica, un puñado de periódicos eran fácilmente manipulados por el poder político u económico. Con la aparición de la red nos aturde un poco la multitud de versiones y de voces, y parecemos obligados a volvernos más sofisticados a la hora de dar testimonio de nuestra visión del mundo, a tal punto que muchos preferirían callarse dejándole el relato libre a los algoritmos. El silencio parece el destino natural de nuestro pensamiento sobre lo colectivo, pero esa, estimado lector, es una salida fácil, y por tanto —créeme— engañosa. Hay demasiado ruido en el mundo, pero a lo mejor eso no implica que deberíamos callarnos. Así que desconfía de lo que te conmueve, pues muy probablemente lo político —lo colectivo— intentará usarlo en tu contra.
Y si el ruido domina el mundo, ¿dónde están los editores? ¿Quién hace curaduría del caos? Sin duda no podemos verlos a simple vista, pero podemos rastrear su relato mesiánico a través del colectivismo. Si determinamos que el editor demiúrgico es una persona real, de carne y hueso, que toma la vocería de lo males del mundo y juega con nuestra mente, caeríamos en una divertida teoría de la conspiración cartesiana. Así que por ahora hablemos de un editor etéreo e invisible. Por eso, hablar del colectivismo como una fantasía libertaria por ahora me resulta cómodo, y la usaremos en nuestro beneficio; por tanto, romperemos momentáneamente el contrato social y volveremos a ser individuos completamente libres. Débiles o fuertes, endémicos o exógenos, todos, sin distinción seremos físicamente fuertes, pues en este punto de individualidad suprema, la fuerza física es la única forma de poder esencial, pues incluso la riqueza es un convenio social al que necesitamos someter a otros para que sea aceptado.
Todo esto será especulación sociológica: en la prehistoria fue urgente el cuidado y la distribución de tareas de supervivencia. Lo colectivo hereda estructuras políticas desde la necesidad de sobrevivir, tal como lo hacen el resto de animales. El cuidado fue urgente porque nuestros hijos, debido al inmenso tamaño de su cerebro nacieron necesitando una estructura social que les proteja de depredadores o accidentes. Este primer estado, la tribu, necesita de una jerarquía aparentemente, incluso si simplemente distribuye la edad como eje de responsabilidad. Las fronteras entre lo público y lo privado aquí no tienen sentido. Los ancianos surgen como formadores gracias a su experiencia y al mismo tiempo ayudan al cuidado pues físicamente ya no pueden hacer mucho en otros campos con su fuerza física. Como moneda de cambio a su trabajo de mentoría, reciben comida y protección.
Es precisamente la supervivencia de los niños la que obliga a la estructura social a distribuirse responsabilidades. Los ancianos crean dos cosas para permitir la transmisión de la información útil; los relatos y las jerarquías. Los relatos tienen una función tribal del beneficio para el colectivo, pero también sitúan una estructura social fija que soporta esa supervivencia. Nacen los sacerdotes para una verdad revelada. Esa verdad sólo podía discutirse con una nueva religión, una nueva revelación sagrada que no proponía un nuevo orden sacerdotal, una nueva jerarquía y otro modo de supervivencia.
Nuestro editor invisible es entonces una secuencia de individuos, de sacerdotes, que han purificado un discurso con la práctica, un bien hacer que promueve el éxito de una tribu. Lo sagrado nos permite prosperar. Lo malvado nos condena al fracaso. La normalidad y exaltación del valor del individuo vienen de la funcionalidad a esa normalidad. Luego llega la modernidad, la locura, lo que significa que la visión periférica, el relato del desheredado obtiene una función pública, incluso si es solo para reírnos. Porque entre Erasmo y Cervantes, empezamos a escuchar al loco. Así apareció la literatura.
A esto Lukacs lo llama héroe problemático; un ser que responde a un mundo degradado detrás de lo absoluto, de unos valores que ya no existen. Para esto es necesario dos elementos; un mundo en crisis y una búsqueda de la verdad, ambos indicativos también de las exploraciones teológicas y mesiánicas. Es decir, cada novela debería ser, en sí, una nueva verdad metafísica: un yo contra el mundo.
Aunque las novelas ya no existan, aunque ya no sean leídas, si pululan los héroes, los relatos, los quijotes y las madames Bobary, cada uno con su pequeño discurso de validación coercitiva. Soy yo contra el mundo. Soy yo el futuro millonario. La sobreabundancia de relatos ha hecho precisamente que nuestro mundo colectivo se construya de un montón de pequeñas historias a medida que han convencido a cada ser humano de ser un héroe problemático e inconexo. Sobreviven entre diferentes etapas de información o desinformación relatos colectivos, paradigmas y arquetipos. Hay varios filtros, varios mecanismos de producción narrativa de los cuales nos valemos para construirlos. Internet nos los inyecta como si fuesen vitaminas.
Como soy narrador, conozco muy bien esos fantasmas, sus nacimientos o muertes, sus disfraces y estrategias para que simpatices u odies a una idea. Pero también entiendo el por qué hoy podrían resultarnos agotados ¿Cuál es exactamente hoy nuestro relato colectivo arquetípico? En realidad, convivimos con muchos a la vez, y algunos entienden ello como una crisis. Si bien el editor demiúrgico parece el origen de todos los males, en realidad nuestra crisis radica en su ausencia ética. A lo mejor siempre necesitaremos sacerdotes, ojalá sabios. Como no tenemos un mito fundacional y en su lugar tenemos cientos de historias diminutas, el nihilismo parece norma. Ahora mismo construimos nuestro mito personal en relación de oposición a algo—como decía cierto filósofo español, Gustavo Bueno «pensar es pensar contra algo» nuestros héroes son ofensivos, heiddegerianos para la muerte. Nos abruma la sobreabundancia de versiones, dudas y realidades paralelas y eso nos convence, por parálisis lingüística, a que las verdades se defienden en cruzadas. Ya no sabemos quien dice la verdad, solo sabemos que cada relato que aceptamos trae implícita una jerarquía de valores que a lo mejor no nos convenga, y nos negamos todos a hincar las rodillas.
Y esto en realidad no tiene una solución no distópica. Nuestra relación con lo colectivo está demasiado mediada por la historia que compartimos con todos, y mientras la modernidad convierte a cada individuo en un héroe problemático, la tradición nos obliga a establecer valores a través de un objetivo mutuo de supervivencia. La única salida que tenemos es que cada individuo, cada votante, cada lector, lejos de ser su propio autor—su recreador de realidades paralelas—sea el curador de su propia visión del mundo, de su propia colección de historias importantes. Es decir; un océano de relatos nos obliga a ser más cultos y conscientes que nunca. No podemos bajar la guardia. En lo personal, eso me resulta agotador, pero no quiero que establezcamos aún una salida diferente. Los seres humanos no podemos delegar la curaduría de relatos a las máquinas, pues eso implica siempre someternos a ideologías invisibles. Siempre debemos tener al autor bajo sospecha, así que necesitamos ver su rostro y sus trucos de magia, sus coordenadas históricas y políticas, su ideología. La solución tradicional, la que nos ha servido por milenios es la educación de una clase sacerdotal responsable del relato, pero la relación del individuo y el relato volverá a ser problemática. Nos urge la sabiduría.
O tal vez la solución sea un compendio de relatos, una jerarquía; una biblioteca.
viernes, 5 de junio de 2026
Hoy se me antoja hacer comparaciones estúpidas.
Imaginemos un mundo donde los caballos descubren la existencia de los automóviles, y se van a estudiarlos para ver si representan una amenaza para su modo de vida. Descubren que en vez de piernas, tienen llantas atadas a motores a través de una secuencia de engranajes, descubren que esos engranajes necesitan lubricación, que no tienen ni vertebras ni músculos, tampoco pelo ni necesitan sillas para ser montados. Dependen de un liquido caro y difícil de conseguir llamado gasolina, en cambio el alimento de los caballos crece en todos los rincones de la tierra. Aquel aparato ruidoso y sucio no genera estiércol ni bebe agua. Muy tranquilos después de notar tantas diferencias, los caballos concluyen que los automóviles están muy lejos de remplazarlos pues ningún criterio siquiera se les acerca, y el asunto llega hasta ahí.
Pero en realidad los caballos nunca pensarían eso. Imaginemos ahora a los dueños de esos caballos revisando costos y oportunidades, vida útil, rendimiento, etc. Ellos tomarán decisiones a partir de criterios diferentes al de los los caballos. Mientras los caballos piensan en esencia los dueños piensan en utilidad. Mientras el caballo ve las ruedas de un automóvil y piensa “Nunca se parecerán a mis musculosas piernas” el dueño pensará si esa rueda tendrá una vida útil superior al de una herradura, o hace un cálculo sobre costo y beneficio frente a vida útil.
O aun peor; imaginemos que los caballos son conscientes de la utilidad, y entonces deciden dedicarse a aprender a manejar automóviles para poder mantenerse en el mundo humano. Van a academias de automovilismo, se dedican a aprender de motores y de velocidades, se estudian las reglas de transito, pero cuando se empapan de todo, cuando intentan operar la nueva maquinaria de transporte descubren que anatómicamente los automóviles no están diseñados para ellos. Ni siquiera sus traseros caben en el puesto del conductor. El espacio que existe ahí es el mismo que antes ocupaban los jinetes. Por mucho que sepan, por mas grande que sea su sabiduría y conocimiento, ya no hay espacio en esas máquinas para ellos.
Siendo honestos, los caballos sufrían siendo el único medio de transporte. Los seres humanos son amos crueles y muchos caballos deseaban hace siglos poder abandonarlos. Entonces podrían decir “Ya que no somos necesarios, podríamos volver a las praderas” pero al llegar ya no hay praderas, solo autopistas y carreteras, y automóviles cada día más rápidos. Muchos caballos mueren atropellados y poblaciones enteras desaparecen. Los caballos fueron expulsados del mundo humano, pero ahora, gracias a los automóviles, no hay ningún lugar afuera del mundo humano a dónde ir. Todo es asfalto y kilómetros y kilómetros de nada. No es posible huir del mundo de los jinetes porque ahora se llaman conductores y van cada día más rápido y más lejos. Mientras se borraron las fronteras de mundo de los jinetes, la patria de los caballos fue borrada del mapa.
Y siendo honesto, no estoy hablando de caballos.
Oscar M Corzo - 6 de Junio del 2026.
jueves, 4 de junio de 2026
Conocí a Ernesto Castro brevemente durante su visita en Bogotá, seguía su canal de cerca y he admirado como pocos su trabajo literario. Presenté Jantipa o del morir junto a él en el Gabriel García Márquez en Bogotá, puedo dar testimonio de la persona que es, de su calidez y su honestidad, así que hace un año, cuando publicó esa aparente despedida de su canal en Youtube, noté en sus palabras y en su mirada todos los síntomas de una depresión terminal, de algo que le asfixiaba y que amenazaba su vida. Me preocupé muchísimo por él. Escribí un par de correos que pensé enviarle intentando consolar su angustia u ofrecerle alguna forma de promesa de esperanza, correos que tiré a la papelera de reciclaje porque en realidad no decían absolutamente nada útil para una crisis como la suya. ¿Qué podía decirle yo a alguien que, desde mi perspectiva miserable y periférica, lo tenía todo? Tengo dos o tres ex estudiantes que conservan con cariño la lectura de Jantipa y conocerle también es un recuerdo cálido para mí. Ernesto y yo cumplimos años el mismo día, le llevo exactamente tres años de edad, y por eso alguna vez le escribí que la edad me impedía admirarlo, y entonces aceptaba a regañadientes que le envidiaba; sin que él lo sepa a veces me siento detrás de sus pasos, siguiendo el rastro de sus lecturas y llegando después de él a muchas de sus conclusiones, siempre a su sombra; siendo tres años menor, como escritor, YouTube y filósofo ha sido una especie de hermano mayor que me lleva muchísima ventaja y del que me interesa aprender. Por eso mismo su depresión me afectaba tanto espiritualmente. ¿Cómo alguien que vive y se levanta con aquellas metas cumplidas que todavía me movilizan a mí dice que la meta, la meta que representa la sustancia de mis deseos, es una amarga y desesperanzada farsa? Ernesto es tal vez el escritor más mediático de su generación—por eso mismo todos hablamos ahora de su conversión—era invitado en todos los eventos literarios importantes de Latinoamérica y su sensación de vacío o sinsentido detrás de lectores y festivales era evidente. Nadie lee ya, solía decir, leer es una farsa y el escritor es una especie de mono de circo paseado por todos lados para legitimar cosas detestables. Su corazón roto adelantaba que el camino que elegí para mi vida carecía de sentido. Ese desencanto era perceptible mucho tiempo antes de llegara a Bogotá, y durante el breve lapso en el que conversamos, no me atreví a ahondar en esa situación. Hace un año el cierre de su canal implicaba un punto de quiebre; los lectores, los festivales, todas aquellas cosas que suele ofrecer la literatura no lograban llenarle, y el vacío estaba consumiéndolo.
El sinsentido, escuchándolo supe que también estuve ahí y sé de lo que hablaba cuando insinuaba la posibilidad del suicidio. De corazón me hubiese gustado darle un abrazo. Mi respuesta fue diferente a la suya y está tan atada a mi experiencia personal que resulta intransferible, pero en realidad, también me he terminado acercando a Dios, a lo que entiendo de él, he ido lentamente renegando de mi ateísmo juvenil, también trato de restablecer una fe desde un lugar muy distinto al suyo, seguramente a un ritmo mucho más lento, con más curvas y aristas. He racionalizado tanto ese acercamiento que a lo mejor es mi terquedad lo único que queda o que me impide realmente una teología; en el 2020, durante la depresión que me causó un rompimiento y la crisis de ansiedad vinculada a la pandemia, acepté que tenía esperanza y que por eso escribía. Si escribo, si escribo con desesperación, es porque creo en alguna forma de futuro, en algún modo de bien. Disfruto la escritura, y eso implica que encuentro felicidad en la esperanza. Creo en la persistencia de la humanidad, en que incluso si yo desaparezco algo de razón quedará en el mundo; de otro modo escribir no tiene sentido. Fue la escritura como comunicación con el bien lo que me salvó. Creo que cuando llegué a esa idea me levanté de la cama y empecé a escribir. Escribo porque creo, por tanto, debo expulsar el pesimismo, debo alejar la oscuridad de mi mente.
Y también es cierto que dos gatos llegaron a mi vida. Cuidar de ellos mantuvo la esperanza viva y la soledad a raya. Siguiendo a Viktor Frankl; siempre he tenido un por qué, uno obstinado y demasiado poderoso, pero nunca he tenido un cómo. Es ahí donde suelo pedirle ayuda a Dios y en donde espero su misericordia.
A diferencia de Ernesto Dios no es todavía una presencia sobrenatural en mi vida, no he sentido ese privilegio ni ese terror; mi yo, mi ego a lo mejor es demasiado denso y terco como para que algo así me ocurra. Mi dialogo interior, mis conversaciones internas son con lo que entiendo del bien, con lo que creo que es la esperanza, y si eso no es Dios, entonces seguramente hablo solo y he terminado enloqueciendo. Todo el tiempo creo estar orando mientras escribo. Así que hace una semana pensé decirle a Dios, a la esperanza y al bien en el universo “Muchas gracias” cuando me enteré de que ese muchacho larguirucho y sabio sobrevivió a su oscuridad; gracias por salvar al escritor, gracias por salvar al filósofo, gracias por salvar al rival, al hermano y al guía. Lo necesitamos vivo. Necesitamos su escritura y su inteligencia, su sensibilidad y su influencia. En los últimos meses me he asumido no solo como creyente, sino como católico, pero supongo que más por una impostura política que como una convicción realmente religiosa. Mis valores sobre la humanidad, sobre el valor de la vida y sobre el otro dependen demasiado de Jesucristo. En contraposición están los valores modernos, evangélicos y sionistas que justifican un genocidio racial y étnico y que abogan por la inminencia del fin del mundo. Creo que como humanidad solo saldremos de esta densa oscuridad si nos aferramos a la creencia de que todos los seres humanos somos hermanos. El corazón fundacional de todo humanismo es la palabra de Cristo, el amor de Dios sin importar nuestro origen. Creo en ello; allí está toda mi ética y convicción, en esa convicción he puesto mi alma y mi vida, pero sobretodo, quiero ser consecuente con esa idea. Como creo sobre todas las cosas en la humanidad, no tengo más remedio que considerarme católico y cristiano.
Uno de mis hermanos de sangre, Juan Sebastián, pasa por una depresión semejante ahora y de nuevo, no tengo ninguna palabra de alivio para darle. Soy un mal guía y eso empeora con la cercanía de sangre. Solo me queda la fe y la esperanza, tanto en él como en que podrá sobrevivir a la oscuridad. Él ya fue cristiano alguna vez, y lo fue a lo mejor creyendo en una doctrina que violentaba su identidad. Ojalá esa experiencia no le impida reconectar con algún sentido para su vida. De corazón espero que encuentre un por qué, para que le sea posible un cómo.
miércoles, 13 de mayo de 2026
Escribir sobre música es para mí una de las tareas literarias más difíciles. Dice Barthes al respecto en El «grano» de la voz:
“¿Cómo se las arregla la lengua cuando tiene que interpretar la música? Parece ser que muy mal. Si examinamos la práctica común de la crítica musical (o de las conversaciones sobre música: a menudo se trata de lo mismo) es evidente que la obra (o su ejecución) se traduce exclusivamente por la categoría lingüística más pobre: el adjetivo.”
En el PROGrama sufrimos de ello—yo peor que nadie—y a veces caemos en esa molesta repetición adjetiva; aquel disco es muy bello, aquel disco es buenísimo, aquel otro es Maravilloso, pero como decía el viejo Lester Bangs, para hablar verdaderamente de la música siempre hay que vivirla un poco, tocarla con los pies “Toda crítica musical es autobiográfica”. Lo opuesto es la crítica moderna, la descripción de texturas y morfemas, muy hija de la revista Vogue, con categorías casi gastronómicas y referencias de pretensión obscura. A mí este tipo de lenguaje no me resulta tan divertido. El 11 de abril Argovia presentó en Bogotá su último disco, Primal Repetition, acompañados de la agrupación paisa Ferales. El lugar de encuentro fue un auditorio en el Hall74 en la zona centro-norte de la ciudad. En realidad, aunque escuchaba y conocía Argovia desde hace más o menos dos años, esta sería la primera vez que los vería en vivo, y por eso mismo estaba emocionado. El escepticismo nacional —o más bien latinoamericano, que tiende a impostarnos al descubrirnos como una cultura interesante— me había vuelto ignorante frente al talento local. Mis únicas excepciones durante mucho tiempo habían sido Lucrecia Dalt y Bomba Estéreo, y en la escena underground, un pequeño proyecto paisa casi unipersonal llamado Age of Kronos. La ruptura de mi mala fe ocurrió tal vez en un PROGrama que Julián @Deicidium y Jorge @Unomasdelmonton hicieron sobre bandas nacionales. Argovia no apareció en esa playlist, pero entonces empecé a escucharlos porque fueron una referencia obligada durante la noche, un poco con la distancia cómoda que se mantiene con aquello que se experimenta sin creer del todo que hace parte de tu ecosistema. Cuando tendríamos unos diecisiete años, Jessica @MissTrancos me dijo mientras compartíamos discos y MP3 pirateados: "¡Qué envidia me dan las personas con gustos musicales más tradicionales! Sus artistas pueden venir aquí e incluso podrían ser sus vecinos. Nosotros en cambio podríamos morirnos sin saber quiénes son en realidad los músicos que escuchamos. Nunca podríamos tomarnos una foto con Maynard o con Jonas Renkse. No nacimos con ese privilegio." Ciertamente, de esa Jessica adolescente he heredado un tanto el alma de este texto. En ese entonces éramos niños comprometidos con el pesimismo adolescente, por eso nunca imaginamos el desarrollo que ha tenido en los últimos años la escena progresiva nacional —Jessica estuvo el año pasado en el concierto de Tool, así que al menos pudo ver a Maynard en vivo— y desde luego tampoco imaginamos que pudiésemos conocer un proyecto tan cercano y tan profundamente personal como Argovia.
Como realmente creo en la experiencia autobiográfica más que en la crítica como dogma, me gustaría seguir hablándoles del 11 de abril. El Hall74 me recordó ciertas escenas del DVD Heima de Sigur Rós, cuando la banda luego del reconocimiento internacional se devolvió a Islandia a tocar en poblados locales y comunitarios, con niños, ancianos, marineros y jóvenes sentados en un parque escuchándolos en vivo. Jamás esperas esa experiencia en un concierto de Rock o de un género que tenga alguna cercanía con el metal, pero Ani, durante un interludio entre canciones, mencionó la intención como un objetivo que les implicó un esfuerzo logístico. Argovia deseaba ese vínculo íntimo y comunitario, que hoy es prácticamente imposible de sostener con cualquier artista masivo o cualquier otra experiencia que pretenda ser colectiva. Ani y Carlos, creo, lo saben; buscan provocar esa intimidad, y el 11 de abril lo lograron.
Ferales abrió la noche. Su presentación fue memorable, aunque Carlos Arévalo —su tecladista— en un arranque de esa franca autocrítica que a veces seduce a los artistas, no la describió como particularmente especial. Pero para quienes la escuchábamos por primera vez fue otra cosa; Ferales ama lo que hace y lo demuestra con honestidad en el escenario, ama la emoción como materia prima para su música. Si Argovia dialoga con Porcupine Tree, Ferales lleva aún más lejos ideas que Anathema apenas alcanzó a tocar antes de disolverse. La voz de Eliana Piedrahita es difícil de describir —y tal vez no convenga intentarlo demasiado— pero el duo creativo que forma con Leo Sierra tiene la cualidad de las cosas que te conmueven antes de que puedas analizarlas. Desde esa noche no he podido escaparme de Para ella ni de Canción de cuna, que nació de la sensibilidad que a Piedrahita le despertó el conflicto en Gaza. Ferales es una de esas joyas que brillan con más nitidez cuanto menos las entiende el mundo.
![]() |
| Créditos de la fotografía a Manuela Uribe |
La presentación del Primal Repetition abre con Oceanborn que es la primera canción de su disco anterior, y que además define un tono para la presentación, del mismo modo en que Unstoppable establece un fin. Me pareció lógico y un saludo al origen, una declaración de fidelidad con el camino recorrido. Dice Dave Eggers que escuchamos las canciones una y otra vez porque tenemos que «solucionarlas» y que esa solución nos enfrenta a una especie de perplejidad emocional. Los artistas se enfrentan a su modo a la repetición, a la necesidad de decir, pero el progresivo y sus ambiciones técnicas agrega peldaños a esa dificultad. Åkerfeldt sostiene que la gran brújula de Opeth es no repetirse jamás, que la música debe explorar siempre un camino nuevo. Creo que Argovia responde desde un polo opuesto y complementario —volver, no como regresión, volver como quien regresa a casa, pues el umbral creativo se retroalimenta constantemente con la misma experiencia, pero quien cruza ya no es el mismo. En ese sentido Primal Repetition no tiene miedo a su vulnerabilidad, porque de ahí extrae su mayor fortaleza. Hay en él una cualidad que escasea en el progresivo o en la música en general, una ternura que nada tiene que temerle a la cursilería, una riqueza técnica que no necesita de florituras ni de fuegos artificiales. La participación de Ross Jennings de Haken es una extensión natural de esa lógica. The Same River pasa por territorio de Heráclito y que saluda a una de las influencias más importantes de la banda, Riverside, la permanencia y la identidad, y su pregunta parece girar en torno a aquello que es y que volverá a ocurrir, ¿pertenecemos a algo aunque el agua nunca sea la misma? La voz de Ani y su guitarra son serenas y reflexivas. Hay en esta imagen algo que Argovia explora, la repetición como la única manera que tiene el amor de demostrarse. Crossroads lo dice en un tono un poco más duro pero también más pragmático, tanto en su instrumentalización que recuerda un poco a los juegos tónicos de Adam Jones, a Karnivool y a los coros de Leprous; primero hay que ser unidad para poder alcanzar a un otro, y esa entereza cuesta. "I'm trying hard just to be whole again / so I can reach you" es tal vez la declaración más honesta del disco. No hay romanticismo fácil, solo la conciencia de que el amor exige trabajo interior.
Lo que el disco hace bien es no resolver las tensiones del cambio y la permanencia con simplicidad. Lethean Light vive en la pregunta, en estas transformaciones, ¿podemos mantenernos a flote? El Leteo es el río del olvido en la mitología griega y la canción pregunta si es posible sobrevivir cuando la memoria amenaza con arrastrarte. Mountains y Spark son los momentos donde el amor aparece en su forma más cálida, pero Mountains me emociona por su analogía a Zimmer, que también me recuerda ese saludo-introducción que Carlos hizo a Interstellar durante la presentación el 11 de abril. En el caso de Spark —"when this world dies / we'll become as one"— Parece natural que la luz se gane solo después de haber pasado por Ebb & Flow, que es el momento más oscuro y tal vez el más íntimo del disco. La vulnerabilidad compartida que describe con Ross Jennings —heridas abiertas que nunca terminan de cicatrizar, la vida como oscilación que nos acerca al borde— no es desesperación, la música impide que sea desesperación y más se parece a la confesión honesta, pues romperse juntos también es una forma de pertenencia.
![]() |
| Créditos de la fotografía a Manuela Uribe |
Isol_AI_tion es el único momento donde el amor está completamente ausente pero esa ausencia es esclarecedora; la canción describe el sucedáneo digital de la compañía, una voz en una pantalla que sabe todo de ti y no te conoce, y funciona como el negativo fotográfico, la anti-intimidad del resto del disco; una declaración y un diagnóstico social que se conecta con Aenima de Tool y Fitter Happier de Radiohead. Si la repetición es el camino hacia la transformación, Isol_AI_tion muestra qué ocurre cuando la repetición nos aliena robándonos la humanidad.
Alas de Sal es, por último, el momento donde el disco se nombra a sí mismo en su lengua de origen. Hay algo significativo en que Argovia haya elegido su lengua materna para esta canción, con imágenes como el desierto, la selva y el volcán para hablar de identidad y de fidelidad. No es un guiño al mercado latino sino algo más cercano; una declaración de origen que rima perfectamente con el gesto de abrir la presentación con Oceanborn. El amor también tiene una ubicación geográfica.
En la presentación del 11 de abril quisiera resaltar dos temas muy especiales. La primera es el cover de Open Car de Porcupine Tree que exaltó el fanatismo de todos los progcosteños presentes y la segunda—que terminó por conquistarlos, incluyéndome naturalmente—fue la participación de Susana Chvatal de la banda de death metal progresivo Volheid de Medellín, que cantó junto a Ani la canción número once del disco, Where Do We Go.
![]() |
| Créditos de la fotografía a Manuela Uribe |
En cierta medida, el mundo alternativo que heredó el rock ganó humanidad al salir del epicentro de los reflectores, y Argovia pertenece con toda legitimidad a ese linaje. He escuchado el disco muchas veces ya y todavía me faltan palabras precisas para nombrarlo adecuadamente. Ojalá sean miles las personas en todo el mundo que escucharán Primal Repetition sin haber conocido la pequeña comunidad que se armó en torno a la música esa noche, pero pensando en ellos precisamente escribo este texto partiendo de las palabras de Jessica y del recuerdo del Heima. Ellos tomarán prestada la obra para su propia narrativa y construirán su propio fuego por simple inspiración, como yo lo hago cada vez que repito una vez más cada disco que me ha importado. Al progresivo como género suele embargarle la desesperación o la tristeza, al rock en general suele pasarle lo mismo, y a veces, como oyentes, el género nos presta la depresión o la desesperanza, nos presta la perplejidad y el dolor y nos enamoramos de emociones que no nos pertenecen. Por eso es extraño y maravilloso encontrar el amor en la música, amor en el progresivo, el amor como motivación estética y como sustancia, y sobre todo encontrarlo tan cerca, saludarlo y experimentarlo como comunidad en torno a una banda. Llevo un par de semanas con Primal Repetition como banda sonora de mis caminatas y de mis viajes en transporte público, tocándola con los pies y permitiéndole al disco significar algo en mi vida, y lejos de entristecerme, en realidad Argovia suele conmoverme, generándome un cálido agradecimiento por estar vivo. Es el amor genuino de Ani y Carlos y los demás miembros de la banda por sus oyentes y amigos, por su familia, por todos aquellos que los acompañan lo que se transforma en música, lo que termina convertido en arte donde por ahora dejamos a un lado los adjetivos y las promesas representativas del lenguaje. Tal vez eso sea lo único que yo pueda decir sobre este disco, y tal vez sea suficiente.
domingo, 8 de marzo de 2026
La muerte del laicismo es misteriosa, pero su fatalidad resulta desesperanzadora y demasiado evidente cuando el mundo está sumido en una confrontación militar plagada de relatos religiosos ¿Quién provocó la muerte del laicismo? ¿Cuál es su objetivo? Tal vez Nietzsche confundió el cadáver de Dios con alguna otra cosa y en realidad, para alguien como Dios no es posible el alivio de la muerte. Después de todo ¿Cómo pueden revivir los dioses? ¿Dios murió alguna vez? ¿Cuál es la relación de Dios y los héroes que mueren? ¿Dios es alguno de ellos? ¿No será que Dios solo puede conocer la muerte a través del martirio de un tercero, al que por convención decidimos llamar héroe?
Dejemos a un lado la deshonestidad pragmática del relato religioso en la política. En el fondo, sabemos que los líderes occidentales realmente no creen en lo que dicen. Pero incluso esa deshonestidad posee trasfondos teológicos. Me he puesto en la palestra como autor en el capitulo anterior explicando el proceso de variaciones de mi propia fe; Nietzsche en su momento también fue un joven creyente con el que me identifiqué profundamente, pero su desencanto religioso, los motivos por los que declaró la muerte de Dios hoy podrían resultarnos pueriles. La muerte de Dios en el siglo XIX hoy parece un acto de inocencia rebelde. Los mártires y los héroes están misteriosamente conectados a través del vinculo que nos ofrecen con la muerte. Quizás no exista un mártir más seductor que el mismo Nietzsche, pues el proceso de su locura, más que consecuencia de la sífilis, pareciera hijo de una revelación espiritual. Esa sensación, ese abismo de caída es irreductiblemente seductor.
Para entender emocionalmente la rebelión de Nietzsche hay que nacer cristiano y tener los pies sumergidos en la fe. Ser también ese niño que a los catorce años escribió en su Diario “He vivido ya muchas cosas, alegres y tristes, agradables y desagradables, pero sé que en todas ellas Dios me ha guiado con la misma seguridad que un padre a su tierno hijito. Aunque me haya impuesto mucho sufrimiento, reconozco con veneración su poder y su majestad sobre todas las cosas. He tomado la firme determinación de dedicarme para siempre a su servicio” y además, sentirse, frente al dolor, frente a la tragedia y frente a la muerte de un ser querido, abandonado y solo, con un cielo vacío e indiferente donde la desesperación humana no encuentra consuelo. El ateísmo cristiano pasa forzosamente por esta rebeldía adolescente, por esta etapa de melancolía del huérfano; cada cristiano es en sí un pequeño profeta acompañado permanentemente por Dios, y cuando Dios se ausenta momentáneamente ese cristiano, ese pequeño testigo protegido por el azar, semejante a un polluelo que debe cazar la comida por sí mismo por primera vez, se descubre inminente sobre el mundo, solo, abandonado.
Sería fácil concluir la aventura religiosa de la humanidad aquí. Dios como metáfora de la paternidad, pero aunque la religiosidad de una gran parte de la humanidad se sacia con esta metáfora, Nietzsche no fue tan simple ni tan limitado. Dios en realidad era una brújula que dejó al mundo sin rumbo. Dios es para un artista un sentido estético y un sentido moral. Sabiamente, más que oponerse al sentido lógico de un creador, de una causa primera, peleó con el Logos Spermatikos de Justino y clemente de Alejandría. El anti-logos nietzscheano fue la metafísica de un mundo de las ideas, de un mundo opuesto al nuestro que nos sirva de alivio; No; Platón se equivoca, solo es posible un mundo, todo lo demás, en la praxis, nos es filosóficamente indiferente.
Contrastemos entonces al habitante del siglo XXI con uno del siglo XIX; al habitante del siglo XIX lo emociona profundamente el avance científico, en los países del primer mundo estudia física y taxonomía con una fascinación espiritual que incluso logra conmoverlo. La naturaleza no es solo un regalo de dios, no es solo un terreno de estudio, es una consecuencia del raciocinio humano. Su ciencia y su técnica comparadas con la nuestra parecen infantil, pero nosotros hace mucho abandonamos genuinamente esa inocencia; el habitante del silgo XIX asume una teogonía de causas y efectos casi terminada e incluso, casi precursor de Fukuyama, habría podido concluir que el Zeitgeist se ha encontrado a sí mismo. No hay vértigos en la física, en la biología o en la medicina, solo quedan minucias técnicas que podrían encontrar explicaciones simples; un hombre instruido puede dar una respuesta casi certera sobre cualquier misterio que surja en una conversación. Los cuartos oscuros en la enciclopedia parecen estar a punto de desaparecer, él no espera las revoluciones científicas ni las preguntas que torturan a los científicos y filósofos de nuestra época. El padre de Borges le dijo a su hijo alguna vez “Mira bien los soldados, en los uniformes, en los cuarteles, en las banderas, en las iglesias, en los sacerdotes y en las carnicerías, ya que todo eso va a desaparecer y algún día podría contarle a mis hijos que había visto esas cosas” Esta frase —Borges lo sabía muy bien— resume a la perfección el optimismo lógico del siglo XIX. Esta fue la ingenuidad que mató a Dios. La muerte de Dios fue un acto de ingenuidad positivista.
Desde luego que Nietzsche solo la advertía, pero en perspectiva sabemos que esta no es una rebelión espiritual, sino dogmática. Los seres humanos no se rebelaron contra Dios, no se rebelaron contra los héroes, solamente los remplazaron. Limitemos su rebelión a oponerse al dogma escolar que los convirtió en cristianos, pero su relación con la fe y con la deidad era tan profunda que todavía conducía sus acciones muy por debajo de los verdaderos hilos dentro de sus discursos. En la gran revolución atea de los bolcheviques, el mártir sigue siendo el conducto predilecto de la ideología. La pulsión de muerte lleva a los héroes a la guerra y el soldado, al morir, justifica su función en el cosmos. Los hombres siguen entendiéndose en el mundo a través del sacrificio.
Dios no es hoy el epicentro del control disciplinario de las escuelas, y tal vez ese sea el límite del éxito del laicismo del siglo XIX. Pero donde no hay un margen para la fe estructurada existe la religión civil. La relación teleológica y emocional con el creador no ha sido superada, y posiblemente no exista forma de amputarle los arquetipos míticos vinculados a Dios a la consciencia humana. Es esta relación, que se establece como necesidad identitaria tanto de los individuos como de los pueblos, la que alimenta a las ideologías.
Si bien los escritores no tienen mucho que ver con las guerras, sabemos que uno de los campos de batalla lo establecen los relatos. Alguien gana cuando nos establece, a través del discurso, una posición en el mundo y cuando aceptamos el relato que nos ofrece sobre su lugar en el mundo. En ello la ideología y la religión son indistinguibles, pero sospecho que este tampoco es el verdadero rostro de Dios. Desgraciadamente, nuestro vinculo emocional con él es tan poderoso que no podemos hacer lo mismo que hizo Nietzsche sin destruirnos a nosotros mismos.
Tal vez nuestra única esperanza entonces sea desenmascararlo. Dios no está en los relatos. Pero si quisiera—y al menos, pudiera—profundizar en esta idea, en esta, digamos, perplejidad, inevitablemente terminaría construyendo otro relato más para la guerra dialéctica del sinsentido. Los orientales seguramente entendieron esto mucho antes que cualquier creyente occidental. Dogmatizar sobre fe es lo que menos quiero. Tampoco quiero establecer alguna relación con un Dios de la individualidad o banalizar la relación colectiva con la fe, predicar en nombre de un Dios mistérico del lenguaje semejante al Dios cabalístico judío. No quiero que le pongas un relato y un rostro a tu relación con el universo, sea de la naturaleza que quieras establecer, pero establezcamos una línea divisoria entre la fe en el dogma y la necesidad, digamos, espiritual, de darle un símbolo, un nombre, a todo lo que existe más allá de tu piel. Es espiritual porque necesitamos establecer un dialogo de significados con ese otro/universo que nos rodea, pues el lenguaje nos obliga, cuando nos determinamos como un algo, a separarnos de lo demás, del todo. ¿Existirán seres humanos que en su lenguaje no le han dado a ese otro una representación de dialogo? Si es así no imagino su lógica interior, tal vez sean afortunados. Los relatos son los que convierten a Dios en un fenómeno lingüístico en choque con otros, pues incluso aunque nos asuste, puede que no compartamos ese símbolo con otros y que nuestra relación con Dios sea única. Es válido el ateísmo contra el relato; aquella historia, aquel héroe y sus valores, no comulga verdaderamente con lo bueno que veo en el mundo, pero en el fondo todos los héroes se parecen. Creo que las religiones honestas, y los ejercicios genuinos de fe, tratan de romper lo que en un principio separó el lenguaje. Necesitábamos del lenguaje para establecer un yo y separarlo del universo, y luego surge la fe para consolar nuestra soledad, para romper esa separación y reencontrarnos en el sentido con el Todo.
Quitémosle a Dios a sus mártires y su justificación simbólica como causa primera. ¿Qué queda de él? Míralo a la cara. A lo mejor todos vemos lo mismo.
miércoles, 24 de diciembre de 2025
Hace aproximadamente quince años quise escribir un libro llamado "Contra las instituciones liberales" cuya ambición era la de refutar todos los fundamentos de la doctrina liberal, empezando por la democracia. Una parte de mí ingenuamente quería refundar el mundo a través de cuestionar los conceptos del Estado y la comunidad, pero quizá mi mayor acto de inocencia era la de reescribir a través de la confrontación y a través de la pura dialéctica mis propias y más íntimas convicciones. ¿El motivo? Estaba profundamente interesado en diferenciar aquello en lo que creo frente a aquello en lo que fui educado. Hume, la masonería y los valores de la revolución francesa fueron desde siempre mis valores fundacionales propios y los valores con los que, de adolescente, creí dar mis primeros pasos para pensar por mí mismo.
¿En qué momento un adolescente campesino católico de familia conservadora para quien la voz de su abuela era la voz de Dios decidió alejarse tanto del catolicismo como de la fe? Dentro de la diminuta mente de ese adolescente engreído y lleno de curiosidad, hay una parte de su ego que ya ha sido formada por la religión, por la doctrina católica, una teogonía y una cosmovisión interna de la que en realidad no podrá deshacerse nunca. La religión formó su cerebro y los relatos religiosos crearon un molde que él llamó su identidad. Esa teogonía se transformará con nuevos relatos, pero su estructura es permanente. Un día me transformo en un adolescente y me surge la necesidad de independencia y como no puedo hacerlo de facto por motivos económicos, refugio mi identidad en la independencia filosófica. Gracias al club de lectura del colegio Nacional de Pitalito llega a mí una copia de la novela "El ocho" de Katherine Neville. La trama del libro entrecruza detalles tanto históricos como de conspiraciones, apareció para mí por primera vez la palabra masonería y también los valores de Robespierre, Dalton y Camille Desmoulins que termino adoptando como propios. Leo sobre liberalismo, sobre economía y política y me creo liberal, e incluso hago amistad con varios miembros de la masonería. En el relato de la revolución francesa, el trágico martirio de aquellos que aun sabiéndose muertos ejecutan una revolución que no solo matará a sus amigos, sino que también acabará con ellos mismos y con sus familias me conmueve. Desmoulins se convierte en mi nuevo Santo Domingo sabio. Entre la alabanza materna a los santos mártires y la muerte de Robespierre o de Dalton, hay una secuencia sistémica que se vuelve laica pero que emocionalmente es inmutable; el chico de doce años sigue creyendo al igual que su abuela en los mártires, pero el discurso del martirio ahora es otro.
Hay un término freudiano que la psiquiatría moderna desestima pero que a mí me resulta fundacional y es el Thanatos o pulsión de muerte. Al Álvarez dice sobre la pulsión suicida del cristianismo:
"Tal vez fue por esto que la histeria religiosa de los primeros cristianos asimiló tan fácilmente el ideal estoico de la serenidad. El suicidio racional era una especie de corolario aristocrático al apetito vulgar de sangre. El cristianismo, que empezó como religión para los pobres y rechazados, se hizo cargo de ese apetito, lo combinó con el hábito del suicidio y los proyectó en el deseo de martirio. Los romanos podían arrojar a los cristianos a los leones para divertirse, pero no estaban preparados para que los cristianos recibieran a los animales como instrumentos de gloria y salvación. «Dejadme gozar de estas fieras», dijo Ignacio, «a quienes desearía mucho más crueles de lo que son; y si no me atacan, las provocaré y atraeré por la fuerza». La persecución de los primeros cristianos fue menos un hecho religioso y político que una perversión de su propia búsqueda. Para los refinados magistrados romanos, la obstinación de los cristianos era sobre todo un motivo de vergüenza; como cuando se negaban a hacer los gestos de fórmula hacia la religión oficial que les salvaría la vida o, una vez condenados, cuando se rehusaban a disponer entre juicio y ejecución de un lapso conveniente para escaparse. La vergüenza se volvía irritación cuando los presuntos mártires, pioneros en tácticas revolucionarias, respondían a la clemencia con la provocación. Y culminaba en tedio. Cierto procónsul africano, rodeado por una turba cristiana que pedía el martirio a ladridos, gritó: «Colgaos y ahorcaros vosotros solos y dejad al magistrado en paz». Otros, no menos hartos, no lo soportaban tan bien. La gloriosa compañía de los mártires llegó a acoger a miles de hombres, mujeres y niños que fueron decapitados, quemados vivos, arrojados a precipicios, asados en parrillas o descuartizados, todos más o menos gratuitamente, por voluntad propia, siempre a modo de provocación. El martirio fue tanto una represalia de Roma como una creación cristiana"
El culto al martirio del cristianismo, más que una estrategia fallida de regulación libidinal es una expresión de la pulsión de muerte, que tanto el liberalismo como la izquierda heredaron. Amamos a los mártires porque nos sirven como relatos políticos. Desde allí, la pulsión de muerte es un síntoma religioso que se volvió político e implica el sacrificio de algo para generar un mundo nuevo. El martirio yihadista a cristiano se sale de los esquemas de la psiquiatría moderna. ¿Por qué se suicidan los mártires? ¿Por qué la gente puede renunciar a la vida desde perspectivas religiosas o políticas si nuestros genes nos atan con desesperación a la vida?
La pulsión de muerte es una patología política de dos dimensiones; hay quienes aceptan morir y quienes aceptan matar pensando en una dimensión idealizada del mundo. Entre más idealizado el mundo más legítimo se asume la pulsión de muerte. La pulsión de muerte es una enfermedad cultural que heredamos a nuestros hijos como parte del pacto patriarcal y proviene de la coherencia interna del varón como animal público que controla y es responsable de un espacio privado, porque debe merecerse un hogar, debe demostrarse ser digno de un espacio y de un lugar en la polis. Algunas tendencias dentro del feminismo académico han omitido en su crítica cultural esto, que es la retribución masculina al cuidado femenino implícita en el patriarcado. En Helen Fisher y Carole Pateman, ambas autoras individualmente de libros llamados “El contrato sexual” donde se trabaja muy bien el costo femenino de la diferenciación sexual en la economía doméstica, no encontré ninguna mención al martirio como eje del papel masculino en las sociedades tradicionales. Reprochamos la guerra pero no la instrumentalización del varón como herramienta. El pacto patriarcal que creó el organelo llamado familia y que le atribuyó a las mujeres la maternidad y a los hombres la guerra, necesita del martirio para validar al ciudadano, al ente masculino instrumentalizado cuyo papel depende de su función militar como herramienta, es decir, del soldado como relato fundacional de lo masculino. Los hombres que mueren por sus aldeas, por sus reinos o naciones, se validan dentro de la comunidad y validan la masculinidad convertida en arquetipo. Tal vez este rol ha persistido al feminismo porque no queremos cuestionarlo, no hay ninguna crisis a su alrededor, nadie desea simpatizar con los desertores y los cobardes y todos estamos de acuerdo en que el rol donde el hombre debe sacrificarse para validarse funciona. Los hombres también son un recurso, uno fácilmente prescindible. Por tanto, el mismísimo arquetipo en la mente de los hombres jóvenes hoy parece una transacción fraudulenta, cosa que los arroja a los brazos de las promesas reaccionarias; el pacto patriarcal todavía les susurra el martirio para la simetría del reconocimiento, para darse a sí mismos significado, la ideología sin el guerrero, sin el mártir pareciera desvanecerse. Es absolutamente natural que se entreguen de muy buena gana a discursos anacrónicos que les ofrecen la posibilidad de seguir cumpliendo un rol en el mundo.
Nuestra pretensión de romper el pacto patriarcal, por lo tanto, está incompleta.
El sometimiento femenino a lo privado para darle sostenibilidad cotidiana a la comunidad y la externalización de la violencia a través de la guerra le ha funcionado a las sociedades occidentales miles de años. Sin embargo, en el martirio religioso no solo aparecen los hombres sino también las mujeres, incluso los niños. A través de los relatos, el pacto patriarcal creó un sistema de validación simbólica alrededor del mártir que incluso sedujo a las mujeres. Los mártires, después de todo, crean mitos, y los mitos convicciones; todos desearíamos morir con tal de convertirnos en leyendas.
Cuando me deshago de los mártires y sus confusiones existenciales, ¿En qué creo? ¿En qué creo cuando dejo a un lado los relatos mesiánicos, los mártires ideológicos o religiosos? Me encantan los héroes, pero ciertamente me conmueven con muchísima facilidad y debería desconfiar de sus relatos adyacentes. En la muerte del pacto patriarcal, los hombres deberíamos olvidarnos de la muerte como justificación de nuestro legado y sobre todo como eje de nuestra construcción ideológica. ¿Sospechamos lo suficiente de sus relatos? ¿Estamos realmente de acuerdo con la utopía que nos susurran?
El liberalismo todavía me seduce, pero lo entiendo como un espejo deforme de mi rostro. La belleza de mi libertad individual no es otra cosa que mi propio narcisismo. El liberalismo es la puerta de mi casa y ese es el límite que quisiera darle, y por ahora, pareciera indemne. En otras palabras, es un camino sin salida, pero como confiamos en sus estructuras y parecieran funcionar, las instituciones parecieran seguir en pie. Sin embargo, el germen estructural pareciera enfermo, pues implica validar los aspectos de la realidad que más me molestan, las instituciones traen, así no lo deseen, implícito a Maquiavelo, y por ahora evitaremos la validación de la deshumanización de un sistema que necesita de la muerte para funcionar. Desconfiemos de todo, incluso de esta autopsia; permitámosle a thanatos ser tanto causa como metáfora, pero definamos sus límites; la pulsión de muerte desde ahora será la trasformación del individuo en relato fundacional de un discurso político, es decir, siguiendo el concepto de Dawkins del gen cultural—el meme—el martirio es la forma en la que heredamos nuestro espíritu al colectivo a través del relato.
domingo, 28 de septiembre de 2025
Este es un texto de asociaciones libres o disparates que a lo mejor se convierta en un borrador de ideas mas grandes, o tal vez solo se quede aquí y nunca más lo pueda recordar.
A partir de algunas notas que tengo sobre mis estudiantes se me ocurrió una teoría para explicar al ciudadano promedio de nuestro momento común. O bueno; en realidad solo tengo una teoría que mezcla un montón de cosas derivadas del espectáculo alrededor de la muerte de Charlie Kirk, en parte hijas, misteriosamente, de un libro secreto que he puesto en Amazon escrito con un seudónimo. Para ese libro he acudido constantemente a Adorno y su crítica a la industria cultural. En realidad, empecé el libro queriendo contradecir a Adorno en su trabajo crítico frente a la industria cultural norteamericana, pero terminé para mi pesar dándole la razón. Sin embargo, el por qué decidí publicar mi texto con un seudónimo proviene de que darle la razón implica someter a la misma crítica cultural algo que no suelo juzgar con frecuencia y que suele serme significativo; la condición del rock (y el metal) como arte, pero ese será un problema para otra nota.
El asunto no se queda ahí; es prácticamente imposible salvar cualquier expresión artística del siglo XX. El capitalismo, o lo que viene siendo la explotación de una industria mancomunada entre productores, editores, managers, galerías de arte y discográficas, casas editoriales, medios de comunicación especializados, críticos culturales y facultades de arte, absolutamente todo aquello que académicos, personas del común o artistas considera valioso de los últimos 200 años, todo perece bajo toneladas de concreto de crítica cultural; los argumentos de Adorno dejan al siglo XX desahuciado de cualquier atisbo de belleza. Si tú consideras valioso algo del siglo veinte tienes que renegar de la crítica cultural adorniana. Es por eso por lo que florecen en la red cientos de notas periodísticas y artículos mofándose de las palabras de Adorno sobre el Jazz. Es realmente difícil darle algo de razón. Sin embargo, al mismo tiempo algo falla, lo sabemos, y es imposible abordarlo sin tocar la bibliografía adorniana.
Pensemos en el arte contemporáneo y su alianza con mafias de sobreproducción y frivolidad, en las galerías que venden un taburete de madera como una obra de arte conceptual de miles de dólares, pensemos en el concepto del performance, pero vayamos mejor a la relación del yo (el individuo) con el colectivo. Pensemos en los lideres de opinión, en su relato individual. Un poco más al fondo, pensemos en la escritura misma; el yo a través de un texto, mi relación con la naturaleza caótica de mi propia mente. Los articulistas, los lideres de opinión y su relación consigo mismos o con lo que creen que saben de sí mismos. Su relato personal y su concepto de coherencia interna. Mi mente es un relato que da dando giros inesperados y evoluciona una que otra vez, pero existe una estructura mental que ata ciertos momentos inamovibles. En tiempos de oralidad mi cerebro seguramente era mas flexible y circunstancial, en tiempos de escritura mi yo puede ridiculizarse a sí mismo. Los individuos promedio rara vez pueden formular una idea y sostenerla en el tiempo. Los individuos con algún talento y con afán de reconocimiento suelen sacrificarse en pro de la coherencia interna. Morir por un ideal, ser mártir, no traicionarse. Nuestras palabras son anclas y nos someten. Hay heroísmo en morirse por aquello que se piensa. Pero ¿por qué? ¿Qué relación tiene esto con la humanidad?
Los niños son una humanidad en miniatura donde cerebros jóvenes someten a acción por primera vez en su vida principios universales. Solemos considerar socialmente válido que se equivoquen. Sin embargo, la memoria de internet tiene un peso descomunal en ellos. Nuestro yo, nuestra identidad necesita equivocarse y olvidar cosas, ¿Cómo podría hacerlo en tiempos de internet? La red no olvida nada. La red no perdona nada. Imagínate lo inoportuno y desagradable de una mala fotografía o una mala opinión, esa desastrosa celebridad de la equivocación. En realidad, cada uno de nosotros es ahora mismo un discurso que procura no flaquear. La presión que antes sufrían solamente lideres y poderosos ahora nos trasciende a todos. Un perfil de una red social es un podio donde nos sentimos observados y por tanto no toleramos la contradicción o tememos a la contradicción, y no hay mejor refugio de ese temor que la radicalización. Es por eso que nos hemos infantilizado como sociedad, pues esa inflexibilidad es clásicamente adolescente. El internet es exactamente igual a cómo funciona en sus mecanismos internos un salón de clase.
Volvamos a Adorno y su crítica cultural. El yo ha adoptado para sí formulas de individualidad derivadas de los medios de comunicación. Una formula de coherencia inflexible que trasmitimos de manera emocional. Es la máscara que conocemos desde las celebridades, pero se ha incrementado en tiempos de internet. Existe el mismo vacío en las celebridades de tik tok del que existía en las celebridades de la revista People en los ochenta. Unos derivan de otros. Pero en el fondo, un individuo no es un rol. La literatura solía mostrarnos eso, las aristas y contradicciones de una persona, la consciencia de que lejos de ser máscaras con relatos lineales, existía una lucha dentro de nosotros, voces internas. Hay más allá del hombre que su máscara social. Debe ser por eso que la literatura se volvió tan peligrosa e impopular.
Internet no soporta la duda. La desalienta con toda la fuerza de sus relatos emotivos. Esto también está unido a la muerte de la privacidad. Sin privacidad, estamos atados a un rol colectivo del que en realidad podríamos estar hartos pero que no nos permite renunciar. Como todos nos creemos influencers de nuestro propio relato, somos incapaces de abandonarlo o bajar la guardia. El aislamiento social incrementa el volumen del ruido común, y el ensordecimiento de una multitud de almas rotas se está confundiendo con la cotidianidad.
Ahora bien, este me parece un escenario accidental, pero que implica cierto grado de premeditación. Hay gente que saca provecho del pánico. Sin embargo, siempre hay que recordar que la mitad del poder es la propaganda del poder. Hay un concepto en la obra de Frank Herbert, Dune, que ha sonado fuerte en mi cabeza posterior a la muerte de Kirk, y es lo evidente que toda una colectividad política intenta convertirlo en un mártir para justificar un acto de violencia política, ¿Qué tiene que ver el asunto Kirt con todo lo demás? Trabajo todavía en la formulación.








.jpg)
